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Adolfo Suárez, presidente de otro tiempo

Adolfo Suárez | EFE

El recuerdo que un día se olvidara de Adolfo Suárez ahora le reclama como del rayo para un presente que él sólo pudo imaginar futuro. La memoria que le abandonó, convirtiendo la vida en existencia, hoy le rescata de la oscuridad desde la que ya no podía ver a España, desde la oscuridad en la que nosotros ya no le encontrábamos a él. Es decir de la nada, porque Suárez más que burócrata o intelectual fue un hombre que vio lo que otros sólo intuyeron. Un político que interpretó los tiempos antes de que llegaran, lo que le convirtió en el principal artífice de nuestra primera democracia y le hizo comprender que el golpe de Estado era más contra él que contra un sistema. Alguien a quien la lucidez acompañó en la lectura del futuro de España hasta que le abandonó sin instrumentos para entender su propia vida.

Hoy la nación evoca un pasado que para Suárez hace años dejó de existir. Lo hace agradecida y añorando el ayer en que democracia, libertad y política tenían significados diferentes, más honestos e inocentes. Mañana vendrán los homenajes y algunos, alejados de la nación que recuerda sincera, recuperarán de montones polvorientos las piedras con las que un día le lapidaron, para levantar estatuas en honor de alguien que en la espalda del recuerdo les dejó de resultar incómodo. En España somos tan capaces de despedir honrosamente a los nuestros como de mantener una esquizofrénica y tradicional capacidad de llorar lo que un día odiamos.

En un país en el que parece necesario el sufrimiento, el enfrentamiento cara a cara con el dolor, para valorar lo que somos, para que exista una voluntad mínimamente común, Adolfo Suárez lideró de forma pacífica una de las más radicales revoluciones de nuestra historia. Frente a la división, propició lo que hoy, sin venir de una dictadura, resulta impensable: el suicidio de un régimen, el acuerdo entre viejos enemigos y la cesión de todos en favor de un proyecto de todos llamado España. Creyó en la democracia, en su oportunidad y en su necesidad como garantía de convivencia, pasando ‘de la ley a la ley’. Ése fue su éxito, su obra, viva hasta que otros vieron que resultaba más rentable saltar de la casta a la casta.

La perspectiva que dan más de tres décadas muestra que, más que su arquitecto, Suárez fue la Transición. Presidió no tanto un país como un tiempo en el que la esperanza, la ilusión y el futuro fueron sinónimos. Un tiempo de personas, no de políticos. De nación, no de partidos. De voluntad, no de elecciones. Lideró una generación de españoles que hoy, tras su muerte, entre el orgullo y la tristeza, ve aún más lejanos aquellos días inciertos en los que la reconciliación y la libertad se abrieron paso entre el rencor y la revancha. Días que sus hijos no hemos heredado, porque algunos han querido que la memoria abandonase además de a Suárez a su legado.