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Comunismo (II)

Antes de entrar en gulags, torturas, hambrunas, asesinatos, deportaciones, represión… aun a riesgo de encontrarnos con algo menos objetivo que los hechos y la Historia, no está de más repasar qué dice el Diccionario de la Real Academia sobre el comunismo.

Al buscar la palabra comunismo, son tres las acepciones que recoge el DRAE:

1. m. Doctrina que propugna una organización social en que los bienes son propiedad común.

2. m. Doctrina formulada por Karl Marx y Friedrich Engels, teóricos socialistas alemanes del siglo XIX, y desarrollada y realizada por Lenin, revolucionario ruso de principio del siglo XX, y sus continuadores, que interpreta la historia como lucha de clases regida por el materialismo histórico o dialéctico, que conducirá, tras la dictadura del proletariado, a una sociedad sin clases ni propiedad privada de los medios de producción, de la que haya desaparecido el Estado.

3. m. Movimiento político inspirado en esta doctrina.

Partiendo de esta definición es posible un análisis simple de los puntos de vista compartidos por políticos, votantes, extremistas y comunistas en general. La primera acepción recoge la negación del derecho de propiedad privada. Problema para algunos, tabú para muchos, convicción para pocos. A estas alturas renunciar a poseer, a comprar libremente puede resultar incómodo hasta para el más radical de los concejales de IU -posiblemente para él, el primero.

Ejército RojoEn cuanto a la segunda, la afirmación de que el comunismo es una doctrina “desarrollada y realizada por Lenin” se enfrenta a la extendida “teoría” entre comunistas fetén y demás intelectuales de botellón que sostiene que el régimen político de la Unión Soviética -ni de Cuba, Corea del Norte, etc.- no puede ser llamado comunismo, sino “otra cosa”. Por otro lado, tampoco resuelve -nadie lo hará jamás en la práctica- cómo se pasa de una dictadura que posee la propiedad de todos los bienes y los medios de producción a la desaparición del Estado. Es decir, cómo alguien que es capaz de llegar al punto de hacer una revolución, de matar, de estar cerca de la muerte, llega al poder, controla absolutamente todo lo que pasa en un país, incluidas las vidas de sus ciudadanos, deshace toda esa estructura que a él y los que le rodean tanto les ha costado contruir y afianzar y que tantos beneficios les da una vez establecida. Esto demuestra que, desde su definición en el diccionario, el comunismo es la negación de la condición humana.

La Historia demuestra que un revolucionario, al fin y al cabo, no es más que un funcionario en potencia. De ahí que eso último de la desaparición del Estado sea menos importante, primero nacionalizamos, estatalizamos y ya luego vamos viendo.

La tercera acepción es tan sencilla como reveladora. La inspiración, qué gran coladero. Así, cualquier programa político de un partido comunista, lo diga abiertamente o utilice eufemismos como ecosocialistas o izquierda plural, admitirá cualquier postulado, porque siempre podrá ser de inspiración comunista. A ver si por ponernos doctrinarios vamos a salir perdiendo.

Sin embargo, palabras como libertad o justicia no aparecen en ninguna de las acepciones. Ni siquiera lo hace democracia, de la que la mayoría de comunistas se arrogan el monopolio de su uso y defensa, y lo que es más, la potestad de repartir carnés de demócrata a quien haga los méritos suficientes. Se les olvidaría a los de la RAE.

 

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