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Cristianos perseguidos, cristianos fortalecidos

Desde los lejanos tiempos de persecución bajo los emperadores romanos, los cristianos han contemplado cómo eran rechazados, marginados, encarcelados y ejecutados. La larga lista de mártires por la fe no ha hecho sino incrementarse durante el lento pasar de los siglos, unos siglos que, paradójicamente, han visto cómo el Cristianismo ha ido extendiéndose y consolidándose allá donde un cristiano ponía el pie.

Este hecho (que es una constante en la Historia) llama poderosamente la atención, pues ni el terror ni la condena a muerte que contra ellos se ha dictado en multitud de ocasiones han conseguido los objetivos que buscaban, esto es, la erradicación de la fe cristiana y la eliminación de sus seguidores. Este hecho, que podríamos calificar tranquilamente de histórico, ha hecho acuñar la frase de “la Iglesia se hace fuerte cuando sangra”; y es una frase que contiene en sí misma una poderosa verdad: los cristianos no nos amilanamos (no deberíamos amilanarnos) ante la certeza de que nuestra vida depende de si permanecemos firmes en la fe o no. Aquí en España, a un nivel de vida cotidiana, a nosotros no se nos exige nuestra sangre, pero sí que no cedamos ante la burla, el desprecio o ante el laicismo militante que busca silenciarnos.

Ejemplos de entrega por la fe los hay a cientos, a miles, a lo largo de la Historia. Aun así, no tenemos que rebuscar en los hechos del pasado para encontrar testimonios que hablen de coraje y firmeza frente a aquellos que amenazan con segarles la vida. Hoy en día en China, Corea del Norte, Arabia Saudí o Irak, el declararte como cristiano puede acarrearte problemas con las autoridades del Estado o con las iras de un pueblo fanático o adoctrinado y domesticado.

A pesar de ello, el Cristianismo se mantiene firme y no cede al chantaje y la intimidación. El triste resultado es que, lamentablemente, la lista de mártires continúa creciendo hoy en día, una lista rubricada con la sangre de los que prefirieron la tortura y la muerte a la renuncia.

Con todo, no se le puede echar en cara nada a aquellos que, por las más diversas razones, no fueron capaces o no quisieron morir por la fe cristiana; las circunstancias son innumerables, los condicionantes incontables. No nos corresponde a nosotros juzgar las actitudes o decisiones de otros ya que muchas veces se puede creer en algo y no estar a la altura de lo que se cree, y en otras ocasiones pesan demasiado circunstancias familiares, sociales o culturales que empujan al fiel a una retirada (que no es siempre una derrota). No a todo el mundo se le puede pedir que se convierta en mártir.

Quizá a muchos de nosotros el martirio de estos cristianos en nuestra propia época (que en la mayoría de las ocasiones aparecen en las noticias de forma breve, por cierto) nos produzca aprensión, otros sin embargo sentirán una fría indiferencia, consecuencia de lo lejanas que ven (o que vemos) estas tierras del Oriente, Lejano y Próximo o de África; y en opinión del que escribe esto constituye un profundo error. Obviamente, frente a estos abusos e injusticias mucho no podemos hacer pues se escapa a nuestra capacidad de acción, pero sí que podemos admirar su ejemplo y su valentía, podemos enorgullecernos de unos hermanos en la fe que dan su vida por ella y también podemos agradecerles que, gracias a su sacrificio, la Iglesia se mantiene en pie, pues la sangre de los mártires nutre y fortalece las profundas raíces de la Iglesia.

Desde misioneros que son asesinados hasta simples laicos que son encarcelados, la Iglesia en pleno siglo XXI sufre persecución. Aquellos que atacan la fe, sin embargo, no llegan a comprender que la constante puesta a prueba de los cristianos no supone un debilitamiento, sino un poderoso aliciente que nos empuja a creer con más intensidad, a rearmarnos intelectualmente y levantar la cabeza para plantar cara a aquellos que, movidos por su ignorancia, buscan un mundo sin fe y sin religión.

En la acomodada y aburguesada Europa, se entiende el progreso con una sociedad “arreligiosa”, que no reconoce ningún Dios y ninguna religión. Estos dos conceptos se entremezclan formando una pareja indivisible, de forma que aquellos que aún conservamos la fe, aquellos que creemos en la Trascendencia con mayúsculas, somos tildados de atrasados, como si fuésemos unos recién llegados desde la Edad Media, incapaces de comprender que se puede vivir sin fe y que el Hombre, gracias a la ciencia y a la tecnología creada por él mismo, es capaz de todo y por tanto el centro de todo.

En consecuencia, este sentir social (¿mayoritario?) se traduce en unas prácticas culturales, unos modos de hacer y una legislación que los cristianos nos vemos obligados a aceptar, a pesar que desde el punto de vista de nuestra moral y nuestras doctrinas son calificados de, cuanto menos, censurables.

Pero, ¿es esa nuestra única opción, aceptar sin más la situación esperando a que se arregle sola?, ¿no sería mejor que los cristianos decidiéramos tomar parte de la sociedad en la que nos movemos y en la que vivimos, pidiendo ocupar la parte que legítimamente nos corresponde en ella?

Personalmente, creo que con toda seguridad debemos dar ese paso, y cuanto antes; la sociedad reclama soluciones a los muchos problemas que la aquejan, y los cristianos tenemos respuestas para muchas de ellas.

… ¿Y las represalias? ¿Y la certeza de que seremos condenados al ostracismo y a la marginalidad? Probablemente deberíamos recordar entonces a aquellos que dieron (y que siguen dando) su vida por la fe, por la misma fe que nosotros profesamos. Si los cristianos decidimos seguir dormitando mientras el mundo se tambalea, si en nuestra sociedad se extiende la vulgaridad y casi no existe una moral social, si se están perdiendo incluso los más mínimos valores éticos, ¿no deberíamos los cristianos reaccionar de una vez por todas?

 

Imagen | tentacules.net

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