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¿Dónde están, España, tus patriotas?

A día de hoy, en España, la situación política es nefasta, la sociedad está cansada, el mundo de la cultura produce obras de muy baja calidad (salvo honradas excepciones), los ciudadanos de a pie preferimos pelearnos por cuál es la mejor ciudad o el pueblo más bonito antes que alzar un poco más la cabeza y buscar algo más elevado a lo que nos han acostumbrado los políticos con sus discursos paletos. Los españoles asistimos, por tanto, a una gran derrota: España se deshace.

¿Qué ha pasado? La verdad es que no mucho, si algo caracteriza a nuestra Historia reciente es la propensión que tenemos los españoles a “tirarnos los trastos a la cabeza” por cualquier nimiedad. Es patético. ¿Qué hace falta o qué echamos de menos?, ¿Qué hemos tenido de más, qué sobra ahora?.

Antes de continuar, me veo obligado a aclarar que estas líneas no serán la típica y manida queja contra los políticos y los bancos, como si sólo ellos tuvieran la culpa y la sociedad fuera su pobre y desamparada víctima… estoy harto de victimismo hipócrita, si la España de hoy está como está parte de la culpa es nuestra, porque lo hemos permitido.

Y sin embargo no está todo perdido, aunque la situación no es favorable se puede (se debe) pelear. España necesita de la lealtad de los españoles ya que, en opinión del que escribe, a pesar de los numerosos esfuerzos por destruirla (alentados también por la pasividad e inacción de los que deberíamos defenderla) España sobrevivirá; porque ha sobrevivido durante siglos, porque es algo más que un nombre, más que un conjunto de territorios, porque algunos (¿muchos?) no permitiremos que sea destruida, porque siempre merecerá la pena…

Hemos sido conformistas, nos ha engatusado la comodidad, las facilidades que el bienestar económico nos ha proporcionado y hemos descuidado nuestras obligaciones con nuestra nación. Hemos dejado que se convierta en “discutida y discutible”, negándole su autenticidad, su valor real, su propia realidad, su ser mismo.

Y ahora, desamparados por la dura evidencia de las crisis que padecemos (pues no sólo es una crisis económica, aunque se empeñen) no somos capaces de elevar la mirada y salir de las luchas de nuestro pequeño mundo que nos hemos creado y que no va más allá de nuestro barrio, nuestra ciudad o nuestra región. Es muy triste.

La aprobación de la excesivamente halagada Constitución del 78 traía consigo un elemento perverso: el régimen autonómico. Lo que se ideó como solución equitativa para aglutinar todas las “sensibilidades” en España (yo cambiaría muchas veces “sensibilidades” por “intereses”) era en realidad el instrumento que estos mismos defensores de las “sensibilidades” utilizarían para debilitar e intentar destruir España.

Las Comunidades Autónomas se han convertido en estados en miniatura, los políticos de cada región sólo buscan más y más cesiones de competencias por parte del Estado central sin importarle que eso perjudique a corto, medio o largo plazo a España, pues sólo preocupándose de sus conciudadanos más directos conseguirán ser reelegidos, que es lo que en el fondo les interesa. ¿La responsabilidad es, por tanto, exclusivamente de los políticos?

Nos hemos acostumbrado a las Autonomías, pero éstas son una novedad de nuestra más reciente Carta Magna; jamás España en toda su Historia ha estado dividida territorial y administrativamente de esta forma, y ahora nuestra tan alabada “originalidad” nos está saliendo muy cara en todos los sentidos.

¿Dónde están, España, tus patriotas?, ¿dónde aquellos que te defiendan y protejan? La impresión es que somos como vástagos de nuevos ricos a los que no se les ha negado nada y no valoramos, por tanto, lo que tenemos, y de no valorarlo hemos pasado a sernos indiferente e incluso a despreciarlo. Vergonzoso.

Y lo peor de todo es que en el fondo, los que salimos perdiendo somos nosotros mismos, y lo sabemos, pero preferimos mirar hacia otro lado, no implicarnos ni preocuparnos, porque eso supondría una responsabilidad que no queremos asumir. Preferimos la comodidad y el laissez faire antes que el ejercicio de nuestro deber, un concepto caído en desgracia en pro de mirarnos continua y cansinamente el ombligo y de atender sólo a nuestros propios intereses.

¿Qué España dejaremos a nuestros hijos?, ¿cómo será el país en el que crezcan y vivan?, ¿cuáles podrán ser, en consecuencia, sus aspiraciones, su calidad de vida?

Hace falta una renovación, pero ésta debe hacerse primeramente (tal es mi opinión) desde abajo. Los españoles debemos tomar conciencia de qué es España, de lo que ha sido en la Historia y sobre todo de lo que puede llegar a ser.

Hay potencial, hay capacidad y preparación; falta voluntad (pero voluntad real), falta creernos de verdad que España es una gran nación, que podemos estar a la cabeza del mundo en multitud de campos, falta que nos convenzamos de que, a pesar de todos los obstáculos, España sobrevivirá como tal, y con esa certeza como base intentemos construir un país del que nos sintamos orgullosos, porque también nosotros contribuimos a su grandeza. Falta, por último, que dejemos de lado de una vez por todas (que ya está bien) nuestra tendencia localista, tan perjudicial, pues sólo contribuye a la división, y ésta nos debilita y nos hace vulnerables… es esencial que comprendamos esto.

Sólo así podremos sostener este país. España nos ha sido legada mejor o peor, pero entera y con su alma, aunque amenazada, aún intacta. Únicamente de esa forma estaremos a la altura de la tierra que nos ha visto nacer, de su Historia y su cultura milenarias de las cuales somos herederos y responsables, por tanto, de su destino.

 

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