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El arte de vender

“Cinco minutos de programa, y volvemos”. Supongamos que sea de las pocas personas que hacen zapping en la televisión en busca de publicidad, sin intención alguna de huir de ella. Es difícil que los demás entiendan cómo a un ser humano en este planeta le puede gustar la publicidad, cómo pueden agradecer esos tiempos de anuncios entre los programas que ‘nos quitan segundos de vida’ -“No bebas, este vicio es nuestra ruina”-.

“¿No has pensado que el día de mañana te vas a dedicar a engañar a las personas?”, me preguntan. No hay ningún atisbo de duda entre la gente de que la publicidad sólo manipula, engaña, miente, y hace lo que quiere con nosotros. Es el Es muss sein! (¡Tiene que ser! ¡Tiene que ser!), como compuso Beethoven, que lleva intrínseco el hecho de dedicar tu vida a este mundo. Y lo cierto es que no, no pienso que vaya a engañar a nadie, ni me siento en una supuesta inferioridad ética por vender productos idealizados a la sociedad. Entre otras cosas, el dejar ser engañado depende del grado de estupidez de cada persona. Pero tema aparte.

Concluiré antes de todo que tanto tú como yo somos marcas. Cualquier persona, como indiscutible marca que es, se está constantemente exponiendo a una sociedad que siempre espera algo de ella. Todos intentamos mostrar lo mejor de nosotros al mundo, e incluso a veces llegamos a exagerar consciente o inconscientemente algo que nos caracteriza y que queremos que la otra persona perciba. Estamos día a día luchando por mostrar la mejor versión de nosotros mismos, nos vendemos al resto en un mercado donde hay una enorme competencia. Siempre buscamos nuestra diferenciación de la mejor forma posible, o de la que creemos que es mejor. Y esto es lo que hace la publicidad, las marcas que vemos todos los días anunciadas.

Existen tantas formas de hacer publicidad como críticas recaba hoy en día. Nos hallamos rodeados de publicidad buena y publicidad mala, como las personas. Un buen publicista es aquel que hace una publicidad que induce al público a pensar, a sentir, a reflexionar. Aquella que, como dice Risto -que en otras cosas no, pero en este ámbito no puedo ocultar mi simpatía hacia él-, “te saca de la zona de confort”, aunque lo que mueva sea la crítica y la indignación. Es realmente difícil hacer relevante aquello que no le importa a la sociedad. Cuando una persona se crea a sí misma una marca mediocre, pasa desapercibida en el mundo. Cuando una persona miente sobre su identidad, el mundo se percata. Y díganme qué beneficio saca una persona (una marca) de ello. Es innecesario. Hay muchas formas de comunicar las cosas, y mientras haya algo que decir, la mentira está sobrada.

La publicidad, que me gusta definir como “el arte de vender”, aún no ha aprendido a venderse a sí misma, lo cual me resulta ciertamente irónico. Actualmente, la publicidad forma parte de un todo, o hace de las cosas un todo. Nada se escapa de su presencia, por mucho que algunos anticapitalistas se empeñen en mostrarlo como algo malévolo estricta y únicamente propio del capitalismo -lo cual no es falso: el capitalismo sin publicidad no existiría, y la publicidad sin capitalismo tampoco sería posible-. Estamos de forma inevitable expuestos a miles y miles de mensajes publicitarios a lo largo del día, pero no necesariamente se muestran en formato publicitario. Abrir un periódico es tragar de manera automática publicidad, aunque no haya anuncios propiamente dichos. ¿Acaso el periodismo no se encuentra en un estado crítico en el que la información se distorsiona según qué valores o ideología se pretenda transmitir? ¿No se trata de un servicio claramente manipulado en muchos casos, como tantos tachan a la publicidad? En una comunicación donde se impone la mentira, la publicidad es de lo más sincero que te puedes encontrar en los medios. Al fin y al cabo, no es más que un reflejo de la sociedad, representa a través de los diferentes productos todo lo que ésta tiene, es y quiere ver. “Pedid y se os dará”.

Sé que no existen publicitarios como Don Drapper, y sé que no podré amenizar mi trabajo con un whisky con hielo en la mano a cualquier hora. Pero crearé, y trabajaré por inventar aquella idea que rompa la rutina, que quede grabada en la mente de cientos de personas y que exprese en una sola imagen o un spot de 30 segundos aquello que otra persona no sería capaz de describir en años. Sé que siempre habrá individuos que, mientras se anuncian con su discurso, criticarán lo que hago. Y que en un mundo de estereotipos y engaños, la culpa siempre será de los publicistas, que difundimos no se qué valores. Pero lo cierto es que ni nosotros como personas nos escapamos de la publicidad, aunque intentemos evitarlo. “Busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo”.

 

Imagen | Coca-Cola

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