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El finlandés volador

Paavo Nurmi

Él quería ser Hannes Kolehmainen, pero no lo consiguió. Fue más. Mucho más. Lo superó y los que vinieron después quisieron ser como él. Rápido, resistente, el mejor. Su nombre era Paavo Nurmi y era el chico de los recados de una panadería. Luego fue mecánico y por último, soldado. Cuando volvió ya era atleta.

Un corredor de media y larga distancia. Un todoterreno. Dominaba desde los 800 metros hasta los 20 kilómetros con tal supremacía, que sus rivales no querían correr con él. Eso le pasó a su compatriota Albin Stenroos, que acudió a Paris 1924 a la prueba (maratón) a la que no corría Nurmi. Así dominó este finés  de 1,74 a sus rivales en la década de los 20.

Años en que Finlandia era el referente del fondo y medio fondo. Y así lo demostró con su estrella comandando carreras y colgándose medallas. La primera, en Amberes 1920. Los primeros (y exitosos) Juegos Olímpicos en los que participaba este chico de Turku, al oeste del país. Allí, ganó los 10.000 metros,  las carreras campo a través (individual y por equipos) y perdió su primera carrera en 5.000 metros. Así se presentó en sociedad ante la “sociedad” deportiva mundial. Con tres oros, una plata y 23 años.

Pero él no se conformaba. La derrota en los cinco mil metros pesaba más que los oros conseguidos. Así que se puso a trabajar y a buscar la manera de perfeccionar su técnica. Parece que lo consiguió, pues entre 1921 y 1922 consiguió los seis récords del mundo. Además, marcó un hito aún no repetido: mantener las plusmarcas de 1.500, milla, 3.000, 5.000 y 10.000 metros simultáneamente. Estas hazañas le granjearon el respeto del mundo y le valieron para conseguir una beca de estudios en mecánica, los cuales acabó a tiempo para su siguiente cita con la historia: Paris 1924.

Sin duda, el evento en que ascendió al olimpo deportivo. Quizás por el ha pasado a la historia como uno de los mejores, pues en la capital gala consiguió cinco oros. Nada más y nada menos. Su supremacía abarcó del medio fondo al campo a través. Solo y por equipos. Daba igual como fuera la prueba. Nurmi la ganaba y seguía sumando oros. Ya tenía ocho en su poder. Aunque su apetito competitivo era insaciable. Y eso le llevó a hacer una gira por Estados Unidos. Como si de una estrella de rock se tratase, fue compareciendo (55 veces) por todo el país enfrentándose a las figuras locales. Sólo una de ellas le venció. Fue Alan Helffrich en el Yankee Stadium, que dejó en 121 carreras la racha de imbatibilidad de Nurmi en distancias mayores de 800 metros. Tras esto, volvió a su casa exhausto y con la mente puesta en la próxima cita olímpica: Amsterdam 1928.

Un acontecimiento que sería su última aparición al máximo nivel. Cuando hablo de máximo nivel, me refiero a que sumó otro oro y dos platas más a su envidiable vitrina olímpica. Los días de gloria quedaban atrás y Nurmi veía el ocaso de su carrera cerca. Con 31 años y constantes lesiones, se fue alejando poco a poco del tartán hasta que se retiró con doce medallas olímpicas (9 oros y 3 platas) en su haber e innumerables plusmarcas.

Su nombre quedaría grabado en la historia del deporte finlandés y en una estatua que le dedicaron. Una estatua que le recuerda cerca de los suyos. Cerca del Estadio Olímpico de Helsinki. El mismo que vio a su leyenda encender el pebetero de los Juegos Olímpicos de 1952. Y que lo despidió con honores de Estado a principios de 1973. Aquel año que voló por última vez. Esta vez al cielo. Al cielo de los campeones.

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