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El mal común

Sin pensar previamente. Cuando oímos el concepto de ‘bien común’, seguramente creemos que recoge aquello que es mejor para una sociedad entera, aquel conjunto de valores imperantes que destaca sobre todos los ciudadanos y por el cual debemos guiarnos como colectivo social. Si se define como tal, y a priori, nadie podría oponerse al bien común. Sería “inmoral”.

Pero ahora, pensemos. La sociedad la forma una suma de hombres y mujeres individuales, con una serie de intereses particulares. Cada uno de nosotros buscamos la felicidad y el bienestar de una determinada manera, no todos perseguimos el mismo estilo de vida ni compartimos los mismos valores. Unos son médicos, otros abogados; unos buscan libertad, otros más Estado; algunos son ateos, otros cristianos; unos se interesan por la ciencia, otros por la filosofía; unos miran a largo plazo y otros a corto plazo. Entonces, si somos tan distintos unos a otros, ¿existe realmente un interés que sea común a todos? Y si fuera así, ¿quién lo determina? ¿usted? ¿yo? ¿el frutero de debajo de su casa? Alguien habría de establecer los valores primordiales, imponer sobre el resto de la ciudadanía un ‘bien común’, que bien puede coincidir con el suyo o bien no. Esto significaría que el bien individual de una minoría forzosamente tendría que convertirse en el bien general de una mayoría, muy lejos de lo que esta pueda desear.

Si seguimos pensando, llegamos a la conclusión de que el ‘bien común’ es algo abstracto e indefinible, un concepto carente de sentido alguno en una sociedad cualquiera. Me atrevo a decir que vacila ser uno de los mayores engaños a la sociedad. El ‘bien común’ ha sido utilizado de justificación moral durante siglos por muchos de los sistemas sociales de la historia, haciendo noción especial a los sistemas estatistas y totalitarios. El empleo o la ignorancia de este concepto han servido como medida del grado de esclavitud o libertad en un país. Sólo basta pensar para darnos cuenta de que simplemente es un producto del sistema –como otras tantas cosas desechables en esta nuestra sociedad-. El ‘bien común’ no es más que la excusa que tiene una minoría para inculcar en la sociedad aquellos valores y dogmas colectivistas frente al poder individual de cada persona, frente al bienestar propio de cada ciudadano. Es el camuflaje de los gobiernos ante sus acciones, cualquier medida que adopten lo harán siempre en defensa de su persecución de este imaginario ‘bien común’. Si suben los impuestos, “es por el bien común”; si nos pisan algún derecho, “es por el bien común”; si nos prohíben fumar, “es por el bien común”.

No sólo se convierte en un intento de guía moral, también en un intento de evasión de nuestra moralidad, de hacernos esclavos. Entonces pues, piensen: ¿es el ‘bien común’ la forma en la que el sistema insta a cada persona a subordinarse a él? Definitivamente, sí. Sólo cuando el hombre es capaz de existir por su propio bien, se consolidará un verdadero bien general en una sociedad libre, sin sacrificar a otros a uno mismo, ni sacrificándose uno mismo a los demás. Una suma total de esfuerzos individuales.

Es entonces cuando, después de haber pensado, nos damos cuenta de que existe un mal común, que no es otro que creer se puede llegar a conseguir ese ‘bien común’. Un mal común que brota del pensamiento único existente en la sociedad, definido por el falso altruismo, la moral establecida y la solidaridad prostituida, y guiado por aquellos que nos intentan hacer ver que si piensas por ti mismo, no eres una persona de bien y provecho para el sistema, que no colaboras debidamente a construir ese ‘bien común’ en este Estado de Bienestar, o Bienestar del Estado –el orden de los factores no altera el resultado-.

Como dijo Borges, ojalá algún día nos merezcamos no tener gobiernos. Pero para ello, primero hay que aprender a pensar.

 

Imagen | Matthew Lloyd-Getty Images

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