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El Mundial de Purito

Que este texto no sea una crónica de la prueba élite del Campeonato del Mundo de Ciclismo en Carretera que se celebró ayer en la Toscana. Tampoco un lamento, ni una queja. Sino una muestra de admiración y agradecimiento a Joaquín Rodríguez Oliver. Un deportista con mayúsculas. Ejemplar. No sólo eso, también uno diferente. Alguien que habla, que dice cosas, cuando le ponen un micrófono por delante.

Purito es uno de esos ciclistas que honran su deporte. Su forma de correr es un ejemplo de honor y superación. Es consciente de sus limitaciones, pero también de sus virtudes, e intenta sacar el máximo partido de ellas. Sin aprovecharse del trabajo de ningún rival. Sin chupar rueda. Sin buscar dar el último relevo. Cuando corre transmite verdad, y también lo hace cuando se baja de la bicicleta.

Junto a Nibali fue el corredor que más luchó por el Mundial. Pero lo mereció mucho más que el siciliano, porque no todo es el esfuerzo. De poco sirve éste si no se sabe dónde aplicarlo. El italiano no pudo con ninguno de los ataques del español. Joaquín fue el mejor de la carrera hasta los 200 metros finales. Ahí se encontró con el portugués Rui Costa que había atacado del grupo de perseguidores, como todo el mundo esperaba. Entonces le dijo algo. Seguramente una pregunta similar a “¿Alejandro te ha dejado saltar, no?”. Y el resto es historia. El portugués vencía un esprint al que había llegado sin que Valverde, que sabía que llegaría el ataque y cuál era su trabajo, saltase a su rueda.

En un minuto, la meta, las medallas, las lágrimas. Y, sobre todo, las excusas. Del murciano y de Unzúe -sí, de Unzúe-, que entró en directo en Onda Cero desde Florencia nada más cruzar los ciclistas la meta, para decir que Alejandro no pudo seguir la rueda de Rui Costa (ambos, corredores del navarro en Movistar. Y Purito, ex corredor, que no salió nada contento del equipo). Una forma tan involuntaria como evidente de reconocer que la culpa de que España no estuviese celebrando oro y plata pertenece a Valverde.

Es obvio que si el murciano hubiese permanecido a rueda del portugués el arco iris habría sido para un español. Las opciones eran dos. La primera: Costa, que por cierto era el menos fuerte de los cuatro cuando la carretera se empinaba, no paraba hasta alcanzar a Joaquín con Valverde a rueda. Oro para éste al esprint, en el que hubiese sido imbatible. La segunda: al ver que su compañero en Movistar reaccionaba a su movimiento, Rui levanta el pie para no hacerle la llegada. Por supuesto, oro para Purito.

Es casi imposible pensar que Valverde iba tan corto de fuerzas a 1km de meta como para no poder permanecer ¡a rueda! de Rui Costa. Tan improbable como que todo fuese causa de un despiste. Lo lógico, y lo triste, es creer que el murciano dejó marcharse al de Póvoa de Varzim. Por ser compañeros de equipo -les queda un mes siéndolo-, por considerar el español que Joaquín había sido egoísta durante la carrera o, simplemente, porque pensó que para que un compatriota y rival durante la temporada se llevase el oro, él prefería un bronce que una plata. Es difícil encontrar un motivo más imperdonable que los demás. Igual que no es fácil averiguar la razón por la que Valverde tira una temporada tras otra por hacer sexto en el Tour, siendo el corredor con más clase del pelotón.

Aunque hay quien defiende lo contrario, Purito no tiene ni un 1% de culpa en que la selección española no alcanzase el oro y la plata en la tarde de ayer. Hizo lo que tenía que hacer, y lo hizo a la perfección. Plantear otros escenarios es ridículo e insultante: a falta de 500 metros la mayoría de favoritos hacía mucho que no contaban, Joaquín iba escapado en solitario y Valverde acababa de no cumplir con su cometido. Así lo dijo Mínguez, seleccionador nacional y, en mi opinión, el ser humano que más sabe de ciclismo, nada más acabar la prueba. El resto de puntos de vista son quiméricos o partidarios de una victoria del murciano. A rueda, por supuesto.

Purito se quedó sin su Mundial por culpa de Valverde y nosotros, con sus lágrimas en el podio. Una imagen tan triste que transmite ilusión por un deporte que él dignifica más que ningún otro corredor. Hubiese sido una alegría similar a la del Tour de Sastre, contenida en un instante. El orgullo es el mismo que si en Lombardía portase el arco iris y el agradecimiento, si cabe, mayor.

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Imagen | rtve.es

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