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El nombre de un andén

Vodafone Sol | libropatas.com

Leo en ‘El País’ el lamento amargo y furioso de Antonio Muñoz Molina porque algunas estaciones del Metro de Madrid hayan adoptado los nombres de las empresas que las patrocinan. Lo hago con tanto gusto por la forma, narrativa, rica en ejemplos y matices, como antipatía por el fondo, simple, demagógico. La historia de la literatura demuestra que ser un gran escritor no implica saber de todo, ni de nada, tener el más mínimo criterio, siquiera ser una persona medianamente respetable.

Sostiene el miembro de la Real Academia Española que “privatizar el nombre de una línea de metro llamándole (sic) ‘Vodafone’ es una usurpación de algo tan colectivo y público por naturaleza como el aire de la calle, como las palabras del idioma”. Primera noticia de que el aire y las palabras tienen dueño. La propiedad pública sigue siendo propiedad. Algo tan colectivo y tan público que si la mayoría de los habitantes de la ciudad –según el ubetense, símbolo, por cuna y lugar de convivencia, de la democracia– apoyase la iniciativa como medida de ahorro y eficiencia, el resto no tendría otro remedio que aceptarla, por aquello del juego de las urnas en el que la mitad más uno somete a la mitad menos uno, con independencia de capacidades, voluntades y razones.

Llega a afirmar el penúltimo Premio Príncipe de Asturias de las Letras que “hay que tener una idea muy bárbara de lo que es la vida ciudadana para vender a compañías privadas los nombres de los espacios y los servicios públicos”. ¿No es acaso más cerril asumir que las estaciones han de ser nombradas como la calle, plaza o barrio bajo el que se encuentran? Aún más, ¿no es barbarie pretender que el dinero de todos los contribuyentes se destine antes a mantener el nombre de una parada de metro que a mejorar la vida de los que más lo necesitan?

Y es que las empresas patrocinadoras de instalaciones del Metro de Madrid, además de ofrecer servicios y comodidades a los usuarios, pagan importantes cantidades económicas. Porque también es progreso, seguramente el más verdadero de todos, que el dinero de los ciudadanos salga de sus bolsillos antes para lo necesario que para lo estético. Especialmente en tiempos de escasez e incertidumbre.

Hacia el final del texto, quizá a modo de despedida, el Premio Nacional de Narrativa denuncia cómo “da escalofrío pensar que una ciudad como Madrid, tan rica de texturas, tan resistente a tantos infortunios, lleve tantos años en manos de una derecha oscurantista, analfabeta, entregada a todos los especuladores”. Una vez más el miedo como argumento. De nuevo el escalofrío, la oscuridad, el analfabetismo y la especulación como munición. Ni un tópico en la recámara. ¿Y enfrente? Los presuntos defensores del progreso, reticentes a renombrar una estación de metro, a pesar de los cuales la capital de España es hoy una de las principales ciudades de Europa, con un sistema de transportes ejemplar. Aunque caro. Pero ése es otro tema, porque para algunos el gasto público es menos importante que el nombre de un andén.

 

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