LO ÚLTIMO »

El Paraguay Español a finales del siglo XVII (II)

La escasez de numerario afectaba igualmente al pago de impuestos que se realizaban, precisamente, en yerba mate. Al respecto, en una Carta Real dirigida al presidente de la Real Audiencia de La Plata y fechada el 31 de diciembre de 1680 se dice refiriéndose al pago de impuestos en yerba que

…los indios mitan a los tesoreros de la Real Hacienda y los necesitan para los acarreos de ella por ser voluminosa, y con ella se hacían las pagas a las Cajas Reales de aquella provincia donde no corre moneda de plata ni oro, sino género de la tierra…

Por otro lado, el aislamiento en el que estaba sumida la región afectaba al precio de los productos traídos por los escasos comerciantes que llegaban a Asunción. En una carta del cabildo eclesiástico asunceno al Rey, con fecha del 20 de marzo de 1678, se relata el desfase de precios que se padecía en la capital con respecto a otras ciudades:

…una botija de vino que cuesta en Santa Fe diez, o doce pesos se vende aquí por cincuenta y sesenta. Y una resma de papel, que en el Puerto de Buenos Aires vale cuatro pesos en esta ciudad cuesta la mano otro tanto. Y una pieza negra que asimismo la compran por cuarenta, o cincuenta pesos nos la venden aquí por doscientos; y a este tono lo demás por estar esta provincia tan retirada y ser su navegación tan costosa y arriesgada.

La situación económica que vivía Paraguay fue la causa principal de la perduración de las encomiendas, cuando en el resto de las posesiones españolas en América estaban desapareciendo. El origen de las mismas hay que buscarlo en los inicios de la conquista y colonización del territorio, en la primera mitad del siglo XVI.

Sin embargo, en el caso de Paraguay se repartieron numerosas encomiendas, dando como resultado que a cada una de ellas correspondía una cantidad pequeña de indios, la mayoría de ellos destinados al cuidado del ganado, a los yerbales o como tripulación para las balsas que bajaban por el río.

La situación con respecto a las encomiendas paraguayas empeoró a lo largo del periodo colonial, pues sabemos que en 1555, año del establecimiento de las mismas, se repartieron 20.000 indios entre 320 conquistadores y que en 1678 había 2.173 indios repartidos entre 156 encomenderos, una tendencia descendente que hay que relacionar, entre otras razones, con la progresiva pérdida de territorio que experimentó la gobernación fundamentalmente durante el siglo XVII.

A pesar de la evidente decadencia de la encomienda en Paraguay, ésta mantendría su importancia como institución, pues en un territorio tan pobremente dotado, la posesión de una de estas encomiendas aseguraba, al menos, una porción de terreno y un número de indios que trabajarían en él.

Además, la condición de encomendado por parte de los nativos guaraníes revestía de características especiales que no se daban en otros rincones de Hispanoamérica. Así, existían dos categorías: por una parte los llamados originarios, que eran aquellos que se sometieron de forma pacífica, vivían en las chacras de los españoles y trabajaban para ellos a cambio del sustento y de la enseñanza de un oficio y de la doctrina católica. Además, el encomendero no podría venderlo, maltratarlo, despedirlo o trasladarlo y si alguna de las dos partes no cumplía con lo estipulado, el afectado podría denunciar a la otra parte en las visitas que se realizaban a las encomiendas anualmente. Por otro lado estaba los llamados propiamente mitayos, que tuvieron que ser sometidos a la fuerza y que tenían la obligación de servir a los españoles dos meses al año, pudiéndose rotar los adultos en esta servidumbre.

El pronunciado descenso que acusó la población india disponible para las encomiendas se debió también al auge de la presencia de las órdenes religiosas, que llevaron a cabo una política de concentración de indígenas en las misiones, restando un número importante susceptibles de ser repartidos con el fin de trabajar para el grupo encomendero. Sin embargo, dicha concentración no significó el aislamiento absoluto, pues en muchas ocasiones milicias guaraníes procedentes de dichas misiones y entrenados en el uso de las armas de fuego colaboraron en la defensa del territorio, y no únicamente para defender sus pueblos, sino también como auxiliares en algunas de las expediciones de castigo proyectadas desde Asunción contra las tribus guaycurúes, mbayaes o payaguás, las más belicosas y activas en el enfrentamiento contra los españoles.

El hecho de que los indios de estas misiones pudiesen tener armas siempre suscitó cierta desconfianza entre los asuncenos, pues la sombra de una rebelión indígena a gran escala planeaba siempre sobre ellos. Sin embargo, la ventaja de que pudiesen tenerlas se reveló útil en momentos en que la región fue golpeada por bandeiras o por expediciones de indios hostiles. Al respecto, en una carta firmada por los maestres de campo Rodrigo de Rojas Aranda y Lázaro Vallejo Villasanti junto con el sargento mayor Alonso Fernández Montiel, se pide a las reducciones dependientes administrativamente de Asunción (San Ignacio, Santiago y Ntra. Sra. de Fe) que enviasen indios armados con el fin de defenderse de un inminente ataque portugués.

Por otro lado, la sistemática destrucción de pueblos de indios y de ciudades españolas repartidas por el territorio contribuyó a la merma de mano de obra india, pues o bien eran capturados y esclavizados o bien huían a los montes, haciendo muy complicada su recuperación.

Todas estas circunstancias favorecieron que la gobernación entrase en una dinámica de empobrecimiento que mermaba cada vez más sus posibilidades de prosperar, lo que repercutía a su vez en su capacidad para defenderse, que se reducía progresivamente. Hasta tal punto llegaron a ceder sus defensas, que en el año 1633 se temió por la total desaparición del control español sobre el territorio, pues los guaycurúes cercaron y aislaron Asunción, destruyendo las ciudades de Ciudad Real, Villa Rica y Santiago de Xerez así como los pueblos de indios de la zona. No llegaron a asaltar la ciudad pero permanecieron vigilando en la orilla opuesta del río, impidiendo a los asuncenos el acceso al ganado cimarrón. Finalmente, en octubre de 1634 se llegó a un acuerdo con los caciques guaycurúes y se estableció una paz, que posteriormente se revelaría frágil.

 

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*