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El Paraguay Español a finales del siglo XVII (III)

Ruinas de San Ignacio

La sociedad paraguaya colonial era una sociedad en el que el mestizaje había estado presente desde el primer momento de contacto entre el grupo blanco y el indio. Ya desde el inicio de la colonización, se había llevado a cabo un proceso de unión entre ambos grupos, algo que fue buscado sobre todo por las tribus indígenas presentes en el área donde se había fundado Asunción.

A la llegada de los españoles a la región, los guaraníes vivían un auge demográfico y su presencia se extendía hasta las costas atlánticas, sin embargo, no todos los grupos indios compartían las mismas pautas culturales. Una de las diferencias consistía en el patrón de asentamiento, pues podían ser sedentarios, semi-nómadas o nómadas. Aquellos que vivían de forma sedentaria tenían un carácter más pacífico y su forma de vida permanente en el territorio los hizo más vulnerables a los españoles, siendo en su territorio donde fundaron Asunción. Los que vivían de forma no estable siempre se mostraron más hostiles con los peninsulares y debido a su constante movilidad su sometimiento resultó muy difícil, y en algunos casos nunca fue conseguido.

Los caciques guaraníes que aceptaron la presencia española fomentaron los casamientos entre españoles y jóvenes guaraníes, pues dentro de su universo ideológico-cultural, con estas uniones se establecía el tovayá-cuñadazgo, por el cual los indígenas trabajarían para los españoles pero debía haber reciprocidad, de forma que los españoles debían corresponder con acciones equivalentes, por ejemplo en defenderles frente a sus enemigos.

Esta reciprocidad, según la mentalidad india, se llevaba a cabo en un plano de igualdad, pero cuando los españoles quisieron imponerse sobre las tribus guaraníes, inicialmente aliadas, provocaron en la primera mitad del siglo XVI una serie de revueltas en las que acabaron imponiéndose debido a su superioridad armamentística; no obstante, estas rebeliones se prolongarían en el tiempo dándose de forma esporádica a lo largo del periodo colonial.

Estos episodios de rebeliones no impidieron, no obstante, que el proceso de mestizaje se siguiera dando de forma intensa, hasta el punto que los mestizos eran incluidos dentro del grupo de “españoles”, con todas las ventajas que conllevaba. Este será un aspecto característico de la sociedad paraguaya, pues aún en el año 1662 se expide una Real Cédula como respuesta a la queja de un mestizo al que querían imponer las cargas de un indio yanacona, en ella se exime a dicho mestizo de las obligaciones del yanaconazgo arguyendo que: [los mestizos] siempre han sido tenidos por hijos de españoles y tratados con los privilegios y exenciones de tales, sin que se haya intentado encomendarlos, ni obligarlos a tributo alguno.

A esto hay que sumarle el escaso atractivo que suponía Paraguay de cara a la inmigración. De hecho, tras un periodo corto posterior a la fundación de Asunción, la emigración a la región fue puramente testimonial, no iniciándose un verdadero proceso migratorio hasta el siglo XVIII, por tanto un periodo que ocupa siglo y medio en el que Paraguay recibió un corto aporte de personas blancas.

A pesar de la numerosa presencia de indios en los alrededores de Asunción, no era ésta el área más poblada por los nativos. El peso de la población india lo llevaba la región llamada del Guairá, donde se instalaron numerosas villas de españoles, la mayoría de ellas de vida breve, y también los pueblos de indios con un mayor número de habitantes; por ello, ésta fue la zona más castigada por las expediciones paulistas, que tuvieron su mayor incidencia en el siglo XVII.

La presencia de población negra en la gobernación fue siempre escasa, pues a la ausencia de minas o grandes plantaciones donde podrían haber sido empleados, hay que sumarle el alto costo que alcanzaban en una ciudad como Asunción, donde el precio con respecto a otras ciudades llegaba hasta triplicado. Sin embargo, sí es posible detectar algunos de ellos desempeñando trabajos tales como balseros o empleados domésticos de las familias más acaudaladas, en muchos casos traídos de contrabando a través de tratantes paulistas, en connivencia con los gobernadores y otras autoridades españolas.

La ciudad de Asunción fue la única de la gobernación que no tuvo que ser trasladada durante el periodo colonial. La mayoría de los centros urbanos fundados por los españoles durante la etapa colonial tuvieron una vida efímera, en otros casos sufrieron numerosos traslados fruto de los ataques indígenas o portugueses. Así, para finales del siglo XVII la ciudad de Villa Rica del Espíritu Santo había sido trasladada y refundada en numerosas ocasiones. Otras, como Ciudad Real o Santiago de Xerez no tuvieron tanto recorrido y tras su destrucción fueron abandonadas.

Para la etapa que nos ocupa sólo Asunción y Villa Rica permanecían en pie, y ésta última tuvo que ser trasladada por décima vez en 1676, tras un ataque portugués que arrasó la ciudad y todos los pueblos de indios de la zona.

Por último, se hace una referencia, aunque sea breve, de la presencia de las órdenes religiosas en el Paraguay durante el siglo XVII. Tanto los franciscanos como los dominicos tuvieron desde los primeros tiempos fundacionales un protagonismo indiscutible en cuanto a la presencia de religiosos en la gobernación, si bien tuvieron que cederlo con la llegada de los jesuitas, cuyas misiones pronto sobrepasaron en riqueza y población a las de las otras órdenes religiosas.
Sin querer entrar demasiado a analizar el elemento eclesiástico de la sociedad paraguaya, sólo se añade que el obispado paraguayo no fue uno de los más estables, pues a los constantes roces con los jesuitas, se suman otros elementos como el problema casi endémico que tenía la diócesis en cuanto a los prolongados periodos de sede vacante, ya que muchos de los que eran nombrados para el cargo de obispo se negaban rotundamente a ocupar la cátedra o bien se buscaban unos destinos con mejores perspectivas para progresar.

Esto contribuyó a que muchos de los gobernadores, recién llegados de la Península, se apoyaran en los jesuitas, como elemento estable y que, además, poseía riqueza y prestigio, procedentes de la producción de sus misiones y de las milicias guaraníes que en numerosas ocasiones salvaron a la gobernación frente a los ataques procedentes desde el exterior.

La defensa del territorio fue algo que siempre preocupó a los gobernadores del Paraguay. Como ya se ha visto, su situación periférica y su aislamiento con respecto a los centros de poder obligó a los paraguayos a no depender de la ayuda que pudieran esperar de dichos centros y a tener que defenderse ellos mismos con los escasos medios de los que disponían.

Concretamente, nos referimos a dos amenazas principales: las bandeiras paulistas y las tribus conocidas generalmente como guaycurúes, que durante el periodo colonial atenazaron a la provincia, pero que fue en el siglo XVII cuando las acciones de ambos grupos alcanzaron mayor virulencia. Esto obligó a los paraguayos a vivir en un estado de guerra casi continuo y a destinar gran cantidad de recursos a garantizar, en la medida de lo posible, la seguridad de la gobernación, cosa que no siempre consiguieron.

Tal era el estado de alerta que en un informe fechado el 22 de febrero de 1683, el cabildo expone que en Asunción los vecinos viven “con las armas en las manos”, pues dichos ataques se daban sin previo aviso. Por otro lado, siempre hubo escasez de armas en la región, lo que dificultaba en gran medida que se pudiera rechazar al enemigo si este hacía acto de presencia. Esto último favoreció que se diese autorización a los jesuitas para que pudieran fabricar armas en las misiones, con el fin de que lograran defenderse sin necesidad de pedir ayuda a Asunción, algo que nunca fue bien visto entre los propios asuncenos.

Las defensas de las que disponía la gobernación nunca fueron abundantes ni tampoco especialmente fuertes y en la mayoría de los casos se limitaron a la construcción de presidios de madera y piedra dotados con una escasa guarnición. Estos presidios se construyeron principalmente a lo largo de la ribera del río Paraguay porque de esta forma se controlaban los movimientos de los indios guaycurúes, presentes en la orilla oeste del mismo río, y también los de las tribus payaguás que, situados más al norte, realizaban sus ataques bajando en balsas por el río.

Los gobernadores destinaron gran cantidad de recursos al mantenimiento y construcción de dichos fuertes, pero éstos se revelaron poco efectivos cuando las expediciones enemigas fueron lo suficientemente poderosas. Sin embargo, no siempre dichos ataques contra la gobernación resultaron exitosos, y en más de una ocasión los paraguayos consiguieron rechazar a los enemigos. El caso más significativo se dio en el año 1652, cuando cuatro columnas de bandeirantes entraron en la región con la intención de someterla definitivamente, en esta ocasión se unieron los asuncenos con los jesuitas y sus milicias guaraníes, consiguiendo derrotar a los portugueses, que se retiraron con muchas bajas.

En ocasiones, fue la incompetencia de los gobernadores lo que propició el fracaso de la defensa del territorio. Dentro de la cronología que nos ocupa, conviene recordar el ataque que sufrió, también por parte de los portugueses, la ciudad de Villa Rica en el año 1676, que culminó con la destrucción de la ciudad y el apresamiento de numerosos indios. Felipe Rege Gorbalán, gobernador entonces de esta región, no envió la ayuda requerida para defenderla y Villa Rica tuvo que capitular, ante esto el gobernador fue derrocado por un movimiento popular tomando el control de la gobernación el cabildo asunceno.

Como ya se ha reseñado anteriormente, la mayoría de los núcleos de españoles en la región fueron destruidos tras una serie de ataques que hicieron retroceder las fronteras de la gobernación. El Guairá, el área que se extendía al noreste de Asunción, ya había sido despoblada en la primera mitad del siglo XVII debido a estas agresiones, quedando el territorio controlado por los españoles circunscrito a la franja de tierra entre los ríos Paraná y Paraguay.

 

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