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El Paraguay Español a finales del siglo XVII (y V)

Aunque la amenaza de las expediciones portuguesas persistió durante todo el periodo colonial, no es sino en el siglo XVII cuando este peligro se convirtió en un problema crónico. La necesidad que tenían los portugueses asentados en Brasil de mano de obra impulsó la creación y promoción de estos grupos de expedicionarios, conocidos como bandeiras.

La consolidación de las misiones jesuíticas, pobladas de centenares de indios, no hizo sino alentar dichas incursiones que en varias ocasiones consiguieron una importante cantidad de indios que, tras llevarlos hasta San Pablo, eran vendidos como esclavos. La acción de estos grupos se limitaba al asalto, captura del mayor número de indios y de botín y rápido regreso a territorio seguro. En no pocas ocasiones lograron éxito en sus pretensiones, si bien hubo otras veces en las que tuvieron que regresar con las manos vacías.

Es durante la década de 1610 cuando empieza a percibirse la acción de los bandeirantes paulistas pero no fue hasta los años 30 cuando se produjo la más devastadora de las expediciones portuguesas: catorce reducciones jesuíticas arrasadas, la ciudad de Villa Rica tuvo que ser trasladada tras su destrucción, y Ciudad Real del Guairá y Santiago de Jerez fueron abandonadas definitivamente tras haber sido igualmente destruidas.

Hay que resaltar que estos ataques nunca pusieron en peligro la pervivencia de Asunción, pero sí en cambio la del resto de poblaciones españolas presentes en la región. Las ciudades sufrieron las ofensivas de los bandeirantes, causa fundamental de su corta vida, pero más especialmente fueron las reducciones religiosas las que se convirtieron en el objetivo preferente de los paulistas. Es por eso que se permitió a los jesuitas la tenencia de armas dentro de sus misiones, pues con ellas tenían posibilidades de defenderse por ellas mismas, sin tener que esperar al auxilio proveniente de la capital que no siempre llegaba, y si lo hacía era tarde o resultaba insuficiente.

Estas milicias también eran utilizadas para la defensa frente a los chaqueños, pero fueron requeridas en más ocasiones para la salvaguardia de las reducciones y para las contraofensivas que se proyectaban desde Asunción.

Tras los asentamientos de religiosos, probablemente la población que más sufrió las incursiones portuguesas fue la ciudad de Villa Rica del Espíritu Santo. Fundada desde los primeros tiempos de la presencia española en la región (1570), a lo largo del periodo colonial tuvo que ser trasladada en numerosas ocasiones, fruto de estas correrías.

De Villa Rica se sabe que en el año 1676 se produjo un ataque portugués contra los pueblos de indios, cercanos todos a la ciudad. Afirman que los lusos atacaron primero los asentamientos de Ybirapariyara y Terecañy, dirigiéndose posteriormente al de Candelaria, que cayó con facilidad pues para su defensa había poca gente que no pasaba de diez y siete hombres con viejos y mozos y sin previsión ninguna de armas ni municiones.

Tras asaltar un cuarto pueblo de indios se encaminaron hacia Villa Rica, que fue igualmente tomada con comodidad ya que la mayoría de los hombres estaba en los campos atendiendo el beneficio de la yerba. Sin embargo, esta vez la respuesta del gobernador y del cabildo asunceno fue rápida y enviaron al sargento mayor Juan Díez de Andino con 300 españoles y un número no especificado de indios auxiliares, que persiguió a los portugueses alcanzándolos en los montes de Amanbay, al nordeste de la capital. Tras una escaramuza, los portugueses consiguieron escapar cruzando el río en sus barcazas y se perdieron en la selva con los numerosos indios que habían conseguido apresar.

Con todo, Díez de Andino consiguió liberar a algunos de los indios que habían sido capturados e incluso llevó a Asunción cinco indios tupíes naturales de San Pablo metidos en una collera que [el testigo] supo eran apresados en la refriega. Sin embargo, a pesar de que en esta ocasión la respuesta por parte de las autoridades fue rápida, el resultado era desalentador, pues los portugueses se llevaron la Villa Rica y cuatro poblaciones de indios que eran los que cuidaban del beneficio de la yerba.

Los villarricenses tuvieron que buscar un nuevo emplazamiento para la ciudad, y se establecieron de nuevo en una zona más cercana a Asunción.

La defensa del territorio incluía también la construcción y mantenimiento de presidios en donde estaba destinada una pequeña guarnición. Estos fuertes se construyeron con el fin de prevenir los ataques y de disuadir a cualquier potencial enemigo, cumpliendo fundamentalmente una función de vigilancia.

El levantamiento de estos fuertes, naturalmente, debía recaer sobre las arcas de la gobernación, pero fueron numerosas las veces en las que los vecinos contribuían económicamente para la edificación de dichos presidios. Se sabe que Rege Gorbalán, gobernador de la región por entonces, mandó levantar cinco de ellos, llamados Santa Rosa, San Antonio, San Jerónimo, San Miguel y San Ildefonso, y que para 1683 había en total doce presidios distribuidos por los márgenes del río y por la frontera este del territorio.

Para una región con unas necesidades defensivas tan acuciantes, la vigilancia era algo fundamental, de ahí que los vecinos estuvieran dispuestos a entregar parte de sus bienes si con ello ayudaban a la protección del territorio, y por ende, de ellos mismos.

El Paraguay colonial fue una región fronteriza donde se dieron elementos importantes como por ejemplo la autonomía de la que disfrutó la región en muchos aspectos, diferenciándose así de otros territorios controlados por los españoles y que marcaron de forma significativa el carácter de la población. Sin embargo, su desarrollo fue menor que en otras áreas de la América española debido, precisamente, a su aislamiento y a lo frágil de su estabilidad, algo que lastrará su crecimiento y le limitará frente a las regiones circundantes.

 

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