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El retablo del 11-M

En el entremés El retablo de las maravillas, Miguel de Cervantes cuenta cómo dos estafadores van por los pueblos montando un pequeño teatro con un lienzo, en el que dicen que los espectadores podrán ver las cosas más asombrosas. Todos, salvo los judíos. Por supuesto, no aparece ninguna imagen sobre la tela, el lienzo está en blanco. Es una sábana. Ante el engaño, uno de los asistentes dice lo que todos saben: que no se ve nada. Los embaucadores responden acusándole de judío, lo que provoca el griterío de la muchedumbre hacia el disidente y la resignada rectificación de éste.

Se trata de la aceptación de la mentira para formar parte de la tribu. Una tribu, una sociedad, que descansa sobre un relato comúnmente aceptado, aunque éste sea una falsedad, un crimen. Siquiera el peor de todos. Con los atentados del 11 de marzo de 2004 y todo lo que les rodea ocurre exactamente lo que escribió Cervantes hace casi cuatrocientos años. Con una diferencia: en este caso el ruido es sustituido por el silencio. Un silencio ensordecedor sólo roto por los insultos que aquéllos que defienden la versión oficial de lo ocurrido dedican a quienes siguen queriendo saber la verdad.

Una versión oficial tan débil como el lienzo que la soporta, según la que ocho o nueve musulmanes, casi todos confidentes de la policía, abastecidos a su vez por otros confidentes, volaron los cuatro trenes con dinamita Goma-2 ECO de la asturiana mina conchita. Unos supuestos islamistas radicales que días después se suicidaron en Leganés –condenándose al infierno según el Corán, ya que no se trató de una inmolación, de un martirio–, tras haberse procedido al desalojo del edificio en el que se encontraba su piso franco. Inmueble, por cierto, propiedad de la policía y contiguo a otro también de la misma institución.

Una versión basada en una investigación que partió del hallazgo de una mochila aparecida en la comisaria de Puente de Vallecas, en la que había medio cartucho de dinamita, metralla y un móvil con un amperaje incapaz de hacer estallar el explosivo. Sin embargo, ni un muerto murió por metralla. En ningún cadáver se halló el más mínimo rastro de ella.

Para que el retablo del 11-M tuviese un efecto total eran necesarias dos circunstancias. En primer lugar, un relato de lo sucedido tan enrevesado y tan inconcreto que hiciese imposible un debate real y, sobre todo, espantase a gran parte de la población de hacerse preguntas tan básicas y evidentes como las regularidades mencionadas. Cuestiones como quién ordenó y diseñó los atentados; cuál fue el arma del crimen; quién ordenó destruir los trenes tres días después –los vagones del tren accidentado el pasado verano en Santiago de Compostela o los del metro de Valencia siguen almacenados–, y por qué; por qué no se hicieron autopsias a los cadáveres del piso de Leganés. Y un eterno etcétera de preguntas que no responde ni se hace la sentencia. Elemento indispensable a la hora de diseñar el caos.

Además del relato colectivo e ignorado por cuantos más mejor, se hacía imprescindible conseguir que nadie levantase la voz para denunciar lo evidente. Sobre todo si más que una persona, era el partido de la oposición el que denunciaba la escenificación de la mentira. Eso se alcanzó cuatro años y medio después del atentado, cuando el Partido Popular, después de perder las elecciones generales, aceptó y se apropió del mensaje de PRISA y el PSOE no sólo para formar parte de la tribu, sino para gobernarla. Desde entonces a cualquier precio.

 

Imagen | experienciadigital.es

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