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Harto de mis Goya

Estoy harto de mis Goya. Harto de pagar cada año una millonada por una fiesta tan frívola como inútil en un país en el que no hay para celebraciones, y menos por el cine. Así lo llaman, aunque en la mayoría de los casos podrían dejarlo en grabaciones, montajes con ínfulas de obra maestra. La mayoría de esas cintas son al cine lo que la carta de una venta de carretera a la literatura.

Estoy harto de pagar la reunión endogámica y autocomplaciente que un gremio utiliza como método de recaudación de impuestos. Como dice el profesor Rodríguez Braun, “la redistribución no es de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados”. Ellos lo saben y así se agrupan con independencia de su valía. Por eso aprovechan la gala que les pagamos para insultar al ministro de Cultura que, guste o no, lo haga mejor o peor, ha sido elegido democráticamente. Y mientras con una mano señalan al Wert de turno, y con él a los millones de españoles que votaron por una opción política que detestan, con la otra recogen el cheque con el que esos ciudadanos, y todos los demás, pagan su presunta fiesta del cine.

Más aún que de todo lo anterior estoy harto de pagar un acto que sirve para que un colectivo se erija en portavoz de los más desfavorecidos, justo después de posar frente a decenas de fotógrafos y cámaras de televisión con vestidos de Dior o Carolina Herrera. Harto de pagar la autoproclamación de un grupo en voz de los parias de la tierra frente al capital, la especulación y el derroche, poco antes de pasarse la noche bebiendo champán. Harto de pagar un cóctel para que no haya pancartas ni puños en alto, cuando la única razón por la que no los hay son las sisas de Chanel y el peso de los Rolex.

No sólo estoy harto de financiar una gala superficial y malintencionada. Una noche no es nada al lado de pagar con el dinero que consigo por hacer lo que no me gusta la afición de gente sin talento. La taquilla que les ignora no dice qué es arte y qué no. Pero mucho menos lo determina una subvención. Ni ellos.

 

Imagen | huffingtonpost.es

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