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Historia de un pabellón

En marzo de este año anunciaron que lo subastaban. Que desmontaban aquel templo del deporte. Del deporte americano. Allí donde los Pistons hicieron puntos y los Lions yardas, no quedará nada. Sólo el recuerdo de un pabellón. De un grandioso pabellón. Del Pontiac Silverdome.

Nació un día de agosto de 1975 a las afueras de Detroit. En la ciudad de Pontiac, donde se fabricaban los coches con el mismo nombre. Allí fueron a construir un mastodóntico pabellón que diera cobertura al creciente ambiente deportivo de la zona, corazon del estado de Michigan. Allí construyeron el Pontiac Silverdome, que podía acoger más de 80.000 espectadores en sus gradas. Gradas que han visto de todo en estos casi 40 años de vida.

Lo primero, vieron fútbol americano. Fue la casa de los Detroit Lions hasta 2001. La NFL pasó por allí decenas de veces y una se quedó para celebrar el considerado mayor evento del deporte: la SuperBowl, que en 1982 hizo que el mundo fijara sus ojos en este pabellón. Aquel día de enero ganaron los 49ers con un Joe Montana estelar.

Poco después llegaron los Pistons. Los chicos malos de la NBA, que estuvieron una década (1978-88) haciendo del Pontiac Silverdome su hogar. En esos años, pasó por allí el mejor jugador de la historia de la franquicia: Isaiah Thomas. El número 11 que más tarde la haría campeona con la ayuda de nombres míticos como Dennis Rodman, Vinnie Johnson y el entrenador Chuck Daly. En esa pista, donde congregaban a miles y miles de fans, se cocinó aquel equipo letal.

Aunque su récord de aforo no lo consiguió ningún deportista. Ningún pase de touchdown. Tampoco un triple sobre la bocina. El Pontiac Silverdome alcanzó las 93.682 personas el día que fue el Papa. Sólo Juan Pablo II consiguió reunir a tantos en tan poco. Fue el 18 de septiembre de 1987, fecha que muchos recuerdan en el estado de los grandes lagos.

Tampoco deben olvidar por Detroit el paso del fútbol. Del soccer, como es llamado allí. Y es que este pabellón fue la casa del Detroit Express, un equipo de fútbol que vestía de naranja y tenía en Trevor Francis a su mayor baluarte. Francis sería doble campeón de Europa con el Forest al marcharse. Igual que lo hizo el Express, que sólo tuvo tres temporadas (1978-80) de vida pero que fue germen de lo que vendría en los 90: el Mundial de Fútbol 1994.

Porque Detroit y su pabellón fueron sede activa del primer mundial que no se disputaba en Europa o Sudamérica. Se jugaron cuatro partidos de la fase de grupos, siendo el Estados Unidos-Suiza el primer partido de la historia de los mundiales que se disputaba en un terreno de juego cubierto. Para la historia quedaron aquellos choques, donde el Pontiac vio jugar a peloteros como Romario, Hagi o Chapuisat.

Pero no sólo de deporte ha vivido este templo del espectáculo, pues ha sido testigo del paso de míticos artistas. Empezando por Elvis Presley, que reinó con su rock la nochevieja de 1975. O a los Jackson Five moviendo sus caderas a mediados de los ochenta. Mucha música ha pasado por ese escenario hasta que Rick Ross diera el 27 de abril de 2012 el último evento significativo. Hace ya más de dos años.

Dos años de caída en picado de un lugar que lo fue todo. Que fue epicentro del deporte en Michigan y una referencia del deporte americano. Un pabellón que ahora se cae a pedazos (la cubierta se ha desplomado) y que será subastado a trozos. Vendido a los mejores postores. A aquellos que quieran (y puedan) adquirir un pedazo de la historia. De la historia de un pabellón.

 

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