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La amarga esperanza

Recientemente afirmaba un prestigioso psiquiatra en una tertulia televisiva que la amargura y la esperanza, contra la creencia popular, son sentimientos cercanos en la condición humana. Explicaba cómo la primera sirve para madurar, mientras que la segunda ayuda a mirar adelante, a organizarse, a tener un proyecto. Es precisamente en tiempos dolorosos, en épocas en las que el futuro se antoja peor que el presente, cuando las promesas de esperanza arraigan con más fuerza.

Las elecciones al Parlamento Europeo del pasado domingo fueron las primeras celebradas en medio de una crisis de alcance continental. Es cierto que en 2009 la situación económica podía ser incluso peor que en la actualidad y que las perspectivas no eran más halagüeñas, sin embargo entonces aún no habían sido aplicados los recortes por los gobiernos actuales. Hace cinco años la crisis no tenía los rostros de hoy. Unas caras que representan el sistema que algunos pretenden desmantelar no por la vía de la democracia y la libertad, sino por la del populismo y la división.

El Frente Nacional en Francia, UKIP en el Reino Unido, Syriza y Amanecer Dorado en Grecia o Podemos, Equo o Bildu en España, unos etiquetados con la derecha y otros con la izquierda, proponen más qué que cómo y más contra que para, en épocas en las que resulta más fácil apostar por lo utópico, cuando un enemigo, un culpable, da más votos que un proyecto.

Así, el espectro político europeo resultante de las urnas se asemeja más al de hace ochenta años que al de hace ocho. Las posiciones extremistas de uno y otro lado han vuelto a cobrar el protagonismo que perdieron décadas atrás para vender lo mismo: odio, es decir miedo, contra los diferentes, ricos o extranjeros; control estatal y, sobre todo, menos libertad. Igual que hace ochenta años, el totalitarismo no es más que falsas promesas de esperanza.

 

Imagen | zinebi.com

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