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La “cuestión irlandesa” en la Monarquía Hispánica

La isla de Irlanda jugó un papel secundario a lo largo de la Edad Moderna, si bien constituyó en numerosas ocasiones motivo de preocupación para las autoridades inglesas, que vieron cómo los irlandeses se rebelaban periódicamente contra el dominio inglés.

Este dominio comenzó ya en el siglo XII con el establecimiento en Irlanda de un número determinado de señores feudales normandos, provenientes de Inglaterra y que aceptaban la autoridad del rey inglés. Sin embargo, el área ocupada por estos señoríos normandos se limitaría a las regiones más cercanas al Mar de Irlanda, esto es, el este insular. La política exterior inglesa, no obstante, se centraría más en el continente, lo que hizo que estos señores normandos gozaran de una autonomía política bastante considerable, no siendo hasta el siglo XVI cuando Inglaterra empiece a mostrar un interés directo por el control territorial de la isla, pues temía que alguno de sus enemigos se fijase en la isla como plataforma de cara a atacar por la retaguardia.

Los irlandeses, por su parte, nunca aceptaron de buen grado el dominio inglés, y combatieron contra él de forma activa siempre que tuvieron oportunidad. Este dominio por la soberanía se acentuó en el Quinientos y el Seiscientos, coincidiendo con la etapa de expansión inglesa y, por tanto, del aumento del control sobre la población nativa de la isla.

Es en el siglo XVII cuando Inglaterra, tras una serie de revueltas en Irlanda, decide establecer el régimen de Plantations,  repartimientos de tierra expropiada a los irlandeses y dada a población inglesa y sobretodo escocesa de religión protestante, como forma de asegurarse la lealtad de los propietarios. Estas plantaciones se extendieron fundamentalmente por el norte y obligó a los irlandeses expropiados a emigrar al Connaught, la región más al oeste de la isla y con una tierra más pobre. De hecho, estudios más recientes demuestran que la llegada masiva de escoceses, ingleses y galeses a Irlanda produjo un aumento notable de población de origen británico, pasando de ser el 5 % de la población al 20 % entre los años 1600-1641.

La situación de desamparo de los irlandeses se había agravado ya desde inicios del siglo XVII con la conocida como Huida de los Cisnes, donde los condes de Tyrone y Tyrconnell, descendientes de los antiguos reyes de Irlanda, abandonaron la isla hacia el exilio, dejando a los irlandeses sin líderes naturales y a merced de las autoridades inglesas, sin nadie que mediara por ellos.

Por otro lado, la Monarquía Hispánica mostró interés por la isla desde el comienzo de las hostilidades con Inglaterra en la primera mitad del siglo XVI, si bien nunca ocupó una atención primordial para la corona española sí que estaba interesada al menos en que la isla estuviera inquieta, pues en esta época la Corona española se disputaba con Inglaterra el dominio del Atlántico. A los intereses estratégicos se le unían los motivos religiosos, pues desde España se entendía que al ayudar a los irlandeses se debilitaba a Inglaterra y además se combatía la herejía anglicana.

Esta disposición de la Monarquía Hispánica motivó una emigración hacia la Península de muchos irlandeses, siendo tal su número que ya incluso en el siglo XVI se conformó un regimiento sólo de irlandeses. Otro ejemplo sería el de Owen Roe O’Neill que, como indica su apellido, descendía de uno de los clanes más importantes de la isla; éste se exilió de Irlanda cuando era pequeño y con el tiempo se alistó en los Tercios, alcanzando un alto grado militar en los mismos.

Mapa IrlandaLa Monarquía Hispánica, no obstante, tenía demasiados frentes abiertos como para que la cuestión de Irlanda ocupara un lugar primordial, es por ello que la ayuda que se envió a Irlanda en diferentes ocasiones resultaba casi siempre escasa. Esto no significa que la cuestión irlandesa no haya estado presente en los planes de política exterior de la Corona Española, si bien su relevancia no fue especialmente importante.

Además, hay que tener en cuenta que las periódicas revueltas de los irlandeses, aun sin la ayuda española directa, favorecieron en ocasiones a España, pues obligaba a Inglaterra a desplazar tropas desplegadas en Holanda y Francia para sofocar estos alzamientos. El éxito menor que alcanzaron la mayoría de las veces se debió también a la fragmentación de las fuerzas católicas, que a grandes rasgos puede dividirse entre los que querían una Irlanda independiente de Inglaterra a todos los efectos y los que buscaban la libertad de culto y el respeto de las propiedades y tradiciones irlandesas pero bajo soberanía británica.

Dicha soberanía se agravó con la subida al poder de Oliver Cromwell, que junto con su ejército de puritanos entró en Irlanda arrasándolo todo a su paso. Tras la caída de la ciudad de Drogheda, la rebelión flaqueó y se impuso un control más estricto en Irlanda, aprobándose leyes que expropiaban a más campesinos irlandeses en favor de los veteranos del ejército de Cromwell.

La situación de los irlandeses a lo largo de los siglos XVI y XVII era cuanto menos precaria, lo que haría que aumentasen las peticiones de intervención española en la isla. Estas peticiones tendrían eco en algunos miembros de la corte, que ejercieron su influencia para obtener del rey la autorización para enviar ayuda militar, bien en armas y pertrechos o bien en forma de expedición armada que ayudase a los atribulados irlandeses.

La ayuda más directa que se envió de la Península con destino a Irlanda fue una expedición militar que tuvo lugar en 1601: nos referimos a la expedición de don Juan de Águila y la participación española en la batalla de Kinsale.

Sobre este tema existe una extensa bibliografía, por lo que no nos extenderemos en explicar el desembarco español y el posterior enfrentamiento con las fuerzas inglesas, la derrota y finalmente la retirada española de la isla, sino poner de relevancia que a pesar de los numerosos frentes abiertos por parte de la Monarquía Hispánica (Flandes, Francia, el Mediterráneo, etc.) la cuestión irlandesa tuvo peso propio en los consejos reales y se hizo un esfuerzo económico y militar en este sentido.

Kinsale sería, no obstante, un punto de inflexión en tanto que Irlanda no volvería a ser objeto de un interés especial por parte de la Corona Española. Las razones, a nuestro entender, son varias: por un lado España fue perdiendo su preeminencia internacional conforme avance el siglo XVII y por ello se centrará en la conservación de sus territorios antes que embarcarse en expediciones hacia tierras que no eran parte de la Monarquía.

Por otro, tras los intentos por parte de los españoles de interferir en los asuntos irlandeses, la Corona inglesa redobló sus esfuerzos por el control de la isla endureciendo las leyes que penaban la traición y aumentando el número de efectivos militares presentes en la isla. Además, la propia fragmentación de los clanes irlandeses y su carencia de líderes hizo que las conspiraciones y los intentos de rebelión perdieran fuerza. Tendrían que esperar al siglo XX para zafarse del yugo inglés.

 

Imagen | panoramio.com

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