LO ÚLTIMO »

La gran hambruna en Irlanda (I)

Como, bebo, duermo y sueño dolor.
Ayer acompañé a un niño hasta su tumba; hoy a un anciano.
Veo consumirse a una persona
que he llegado a amar, hermosa como el viento;
y tropiezo torpemente en el pesar que la envuelve.

Pádraig J. Daly

La conocida como Gran Hambruna (en gaélico An Gorta Mór) que padeció Irlanda entre 1845 y 1849 es probablemente una de las mayores catástrofes humanitarias de Europa Occidental en el siglo XIX, si no la que más. Sus consecuencias se extendieron más allá de los años reseñados, permaneciendo en la memoria del pueblo irlandés hasta hoy.

El porqué de sus desastrosas consecuencias hay que buscarlo en varios factores. Uno de ellos es, sin duda, la deplorable situación en la que vivían los pequeños propietarios y sobre todo los campesinos irlandeses, trabajadores de una tierra que no les pertenecía, y cuyas condiciones de vida estaban, en muchos casos, cercanas a la pobreza extrema; esto, unido a la falta de consideración que muchos terratenientes ingleses mostraban hacia los irlandeses o a la dependencia casi exclusiva que éstos campesinos tenían del cultivo de la patata para su supervivencia, provocaron que las consecuencias fueran tan extremas.

La situación del campesinado irlandés era cercana a la esclavitud. Desde los lejanos tiempos de Cromwell, cuando el caudillo puritano expropió a la mayoría de los propietarios de sus tierras como castigo por su apoyo al rey Jacobo II, a los irlandeses apenas les quedaban tierras en posesión, obligados a trabajar en las de los veteranos del ejército de Cromwell o en las de los nobles y terratenientes ingleses.

Además de por su apoyo a Jacobo II, los irlandeses sufrieron la expropiación y un considerable maltrato en las leyes aprobadas en Westminster para Irlanda por su condición de católicos y en virtud de una serie de leyes en las que se favorecía el establecimiento de colonos de religión protestante en detrimento de los propietarios irlandeses (las famosas Plantations, uno de los aspectos que provocaría la partición de la isla, con la permanencia de seis condados del Ulster en el Reino Unido tras la Independencia de Irlanda).

Por otro lado, este campesinado sumido en la pobreza encomendó al cultivo de la patata su supervivencia y la de sus familias. Las ventajas de este tubérculo eran evidentes con respecto al del trigo, la avena o el maíz: se adaptaba bien a la mayoría de los suelos, resistía condiciones de frío extremo y la producción de la propia planta solía ser generosa, teniendo de dos a cuatro cosechas anuales; por ello, aparte de las hortalizas básicas, cultivadas en ínfima proporción, la población rural irlandesa se volcó en cultivar esta planta americana para asegurarse un sustento.

Los primeros síntomas aparecieron a mediados de 1845, cuando un tercio de la cosecha se perdió. Al principio, el pueblo atribuyó esta pérdida a un castigo divino, y los protestantes aprovecharon para culpar a los irlandeses por su condición de católicos, el llamado “pecado nacional” por los británicos. No obstante, en 1846 el 90 % de la cosecha se reveló inservible, infectada por un hongo que afecta exclusivamente a este tubérculo, el Phytophora infestans.

Pronto empezó el hambre a hacer estragos entre el pueblo llano, provocando la muerte de miles de ellos. Los británicos, por su parte, echaban la culpa a los irlandeses, acusándoles de ser los causantes de la pérdida de las cosechas debido a su poca disposición a trabajar. Los barcos cargados de alimentos que llegaban desde América y desde algunos países europeos eran retenidos en los puertos y aduanas por las autoridades británicas para evitar un desplome de los precios en la isla.

Por otro lado, la producción de trigo, avena y carne de vacuno en Irlanda, que no sufría la infección y que mantenía unas cotas bastante aceptables de rendimiento, era enviada fuera de la isla para mantener los beneficios de los terratenientes ingleses, que en su mayoría vivían fuera de la isla.

En 1847 la producción marcó unos mínimos históricos, sobre todo en el sur y el oeste de Irlanda, y las cosechas se perdieron en la inmensa mayoría de las tierras, provocando la muerte por inanición de una gran parte de los campesinos irlandeses. Como es habitual, al hambre siguieron problemas de malnutrición, enfermedades (tifus, disentería, cólera) y el especial padecimiento de los segmentos más débiles de la población, ancianos y niños, muchos de ellos muertos tras días de agonía por diarreas y vómitos, consecuencia del consumo alimentos en mal estado e, incluso, por ingerir patatas infectadas en un intento desesperado empujado por el hambre.

Siguieron llegando barcos desde América con toneladas de maíz, trigo y avena, pero eran de nuevo retenidos en las aduanas inglesas de la isla, impidiendo una rápida distribución de los alimentos que paliasen los ya desastrosos efectos de la hambruna; de hecho, los funcionarios británicos presentes en la isla tenían órdenes desde Inglaterra de impedir que dichos barcos desembarcasen sus cargamentos y se procediese a una rápida entrega de sus cargas a la famélica población, amén de la conveniencia de los latifundistas ingleses.

Irlanda, en estado de postración, agonizaba, Gran Bretaña negaba la dimensión real del desastre y, de paso, se enriquecía a costa del sufrimiento irlandés.

Como consecuencia de todo esto, empezaron a producirse levantamientos en distintas ciudades y pueblos, y la respuesta británica fue la dura represión, mostrándose implacable en su empeño por sofocar las revueltas, lo que hizo aumentar la ya demasiado larga lista de muertos. Muchos campesinos y pequeños propietarios, al no poder mantener sus tierras, fueron expulsados de ellas y empujados a la emigración en lo que será tristemente conocida como Diáspora Irlandesa, cuyo destino principal será Estados Unidos.

En 1849 la cosecha fue nuevamente un desastre, lo que alargó la agonía de los irlandeses que se dirigían en masa a los puertos con el fin de escapar rumbo al otro lado del Atlántico, una travesía que no todos conseguían culminar debido a la debilidad con la que embarcaban y a la dureza del viaje.

 

Imagen | scoilmochua.com

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*