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La Gran Hambruna en Irlanda (II)

Espera en el umbral de su casa,
escultura de harapos en el viento,
octubre cruje como el colchón podrido,
caen las patas de la cama. Sin esperanza. Sin deseo.

Patrick Kavanagh.

Ni siquiera la presión ejercida por el elevado número de muertos y de emigrantes que de forma sistemática iban vaciando Irlanda de población consiguió que Gran Bretaña tomara cartas en el asunto de forma decidida.

Las razones principales hay que buscarlas en dos factores: por un lado Irlanda ya había sufrido otros periodos de hambruna desde el siglo XVIII, por otro, el pensamiento económico dominante establecía como norma la no intervención por parte de ningún gobierno en la economía, entendiéndose que las propias e intangibles leyes del mercado acabarían por encauzar la situación; todos los partidos políticos británicos aceptaban este modelo de pensamiento.

No obstante, los irlandeses seguían muriendo, y desde Gran Bretaña se aprobó un programa de obras públicas para Irlanda con el fin de dar trabajo y sueldo a los irlandeses y paliar de esta forma los efectos del desastre; sin embargo, estas medidas se revelaron insuficientes. Por otro lado, aparecieron comedores benéficos (impulsados fundamentalmente por los cuáqueros) y se llevaban a cabo repartos de alimentos entre los más afectados. Se estima que en el verano de 1847 fueron alimentadas tres millones de personas, gracias a estos comedores sociales y a los nimios fondos públicos que fueron destinados a paliar la Hambruna, pero esto tampoco pudo parar la sangría.

La aprobación de dicho programa de obras públicas fue casi lo único que el gobierno británico hizo por Irlanda, amén de las teorías económicas antes reseñadas; al respecto, las declaraciones del premier británico Russell resultan clarificadoras: “Debe entenderse claramente que no podemos dar de comer a la gente […] Como mucho, lo que podemos hacer es mantener los precios bajos donde no exista un mercado regular y evitar que los comerciantes establecidos suban los precios mucho más allá del precio justo y los beneficios normales”.

El problema de las cosechas de la patata empezó a mitigarse a finales de 1849, iniciándose una lenta y penosa recuperación, atrás quedaron cuatro años de hambre, muerte y exilio.

Los irlandeses que emigraron, en muchas ocasiones, prosperaron y pudieron ayudar desde sus lugares de acogida a sus atribulados familiares que quedaron en la isla. No obstante, la travesía atlántica era muy dura, pues se hacía normalmente en viejas carracas mal preparadas para un viaje de tamaña magnitud; lo normal era que muchos de los que embarcaban muriesen, y hasta tal punto llegó el número de muertos que a estos barcos se les acabó conociendo como “barcos-ataúd”, se calcula que sólo en 1847 murieron en estos barcos o en los centros de desembarque en EEUU casi 17.500 personas.

En cuanto a las consecuencias, éstas aún se dejan notar hoy en día, algo sorprendente si se tiene en cuenta que ha pasado siglo y medio desde entonces.

Respecto a la demografía, el censo realizado en toda la isla en 1841 estimó que en Irlanda había una población de casi 8.200.000 habitantes, diez años después esta cifra había bajado a 6.552.000, un descenso de casi el 20%. El número de muertos rondaba 1.300.000 y la cifra de emigrados a finales de siglo alcanzó 1.400.000, aun así las investigaciones históricas consideran que estas cifras estuvieron calculadas a la baja.

Otra consecuencia relacionada con la anterior fue la pérdida de gaélico-parlantes, pues aquellos que tenían este idioma como nativo eran precisamente los campesinos y en general la población rural, que fue la que más agudamente sufrió las consecuencias de la Hambruna. El escritor irlandés Douglas Hyde señalaba en 1891: “El hambre le arrancó el corazón a la lengua irlandesa”, y es que desde entonces el número de personas que hablan este idioma milenario no ha hecho más que descender; como ejemplo, entre 1850 y 1900 el número de gaélico-parlantes había descendido de 1.500.000 a sólo 600.000.

Además de todo lo anterior, a partir de entonces se relacionó al gaélico con una clase social pobre e inferior, y al inglés con la clase pudiente, consiguiéndose que muchos irlandeses prefirieran que sus hijos hablasen en inglés, ahondando más aún en la crisis del idioma.

La Gran Hambruna también fomentó el espíritu nacionalista irlandés, algo que se materializó en la fundación de la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB por sus siglas en inglés), antecedente del IRA, y los emigrados en EEUU fundaron la Hermandad Feniana, que desarrollará un importante papel de cara a la recaudación de fondos para la causa independentista, que ya empezaba a aflorar en la isla y como un gran grupo de presión social, algo que provocará que en muchas ocasiones los presidentes norteamericanos se pronunciaran a favor de las demandas irlandesas en Westminster.

La Gran Hambruna influiría decisivamente en el pueblo irlandés, en su memoria, su literatura y sus canciones, marcando el destino de miles de familias que se vieron rotas y divididas, obligadas a un exilio forzado, y sembrando la semilla de la futura independencia, algo que no conseguirán hasta bien entrado el siglo XX, pero ésa es otra historia.

 

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