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La imprenta y su difusión en España y América (siglo XVI)

Aunque no está claro el proceso que permitió la introducción de la imprenta en España, la mayoría de los especialistas admiten hoy que fue Segovia la primera ciudad en contar con un taller de imprenta. Juan Arias Dávila, obispo de Segovia preocupado por la baja formación del clero, fundó un estudio general y en el año 1472 celebró un Sínodo en Aguilafuente cuyas conclusiones debían ser conocidas por todos.

Para ello hizo venir desde Italia al impresor alemán Juan Parix de Heidelberg, quien imprimió el primer libro conocido en España: Sinodal de Aguilafuente. Al poco tiempo la imprenta se extenderá por Barcelona, Valencia, Zaragoza (ca.1473), Sevilla (ca.1474), Salamanca (1480), etc. Cuando se descubre América había en España veintiséis talleres tipográficos.

Muchos de los maestros impresores que llegaron a España en los primeros tiempos eran alemanes pero procedentes de Italia, donde trabajaron antes de establecerse en España. Una de las compañías que se instaló en España fue la formada por Menardo Ungut y el polaco Stanislao Polono, se establecieron en Sevilla por iniciativa de los Reyes Católicos. Con Polono trabajará en los primeros años del siglo XVI Jacobo Cromberger. En otros lugares como Zamora los únicos impresores serán españoles.

En los primeros tiempos de la imprenta se editaron sobretodo obras tradicionales o comentarios sobre ésta, con la intención de pasar a impreso los contenidos de los manuscritos para hacer disponible estos conocimientos con mayor facilidad. Se estima que para la segunda mitad del siglo XV los impresos alcanzaban la cantidad de veinte millones, la mayoría perdidos hoy, donde el canal mayoritario es el latín y menos de una cuarta parte en vernáculas.

En estos libros, la temática es fundamentalmente religiosa y devocional aunque también hay traducciones de obras clásicas y medievales originarias en latín. En España, en cambio, la mayoría de las primeras ediciones de impresos eran en lengua vernácula y la temática giraba en torno a obras de carácter jurídico, literatura popular y también obras devocionales.

Llama la atención el poco impacto que tuvo el descubrimiento de América en los impresos; sí que es cierto que se dibujaron nuevos mapas, se construyeron globos terráqueos, etc pero pronto este interés decayó y los europeos volvieron a sus disputas religiosas, guerras por la hegemonía europea, etc.

Como ya se ha indicado, la imprenta llegó a Sevilla hacia 1474. Esta industria alcanzó gran importancia dentro del sector tipográfico español; frente a la cantidad de hombres consagrados a la industria del libro (pocos) se contraponen la cantidad y calidad de las obras. Sevilla contó en el siglo XVI con notables talleres de impresores y con abundantes libreros entre los que destaca Jacobo Cromberger, que trabajó sólo o unido al ya mencionado Polono.

La producción se hizo más abundante a partir del segundo cuarto del siglo cuando las Indias son ya un mercado nada despreciable; la temática es muy variada: sucesos locales, libros religiosos, obras de ficción, estudios de filosofía, historia, etc. Entre las obras más difundidas destacan el Amadís de Gaula, los Proverbios de Santillana, La Celestina y la Vita Christi.

El desarrollo de las ciencias geográficas y náuticas favoreció la impresión de numerosos tratados, pero no sólo agentes externos explican el auge de la imprenta y no sólo ésta interesa en cuanto a cantidad; dentro de la ciudad, sobre la ciudad, la afición de las gentes, la labor de unos centros culturales y las inquietudes pietistas actuaron como factores coadyuvantes. La Casa de la Contratación, los colegios universitarios, el profesorado, los alumnos y el mundo eclesiástico e intelectual en general, son con causas propiciadoras. Además, hay que destacar que tanto los impresores como los libreros movilizaban un corto número de empleados y técnicos; aun así, esto contrasta con una amplia producción.

Taller de imprenta en 1752 New Universal MagazineEn cuanto a los Cromberger, en 1518 se inicia un proceso que R. Carande definió como “la aurora de los monopolios comerciales” en virtud del cual el César Carlos extendió a España y a las Indias la práctica habitual en los dominios patrimoniales de los Habsburgo de ceder a los mas conocidos capitalistas de la época la explotación de sus principales regalías.

Estas nuevas licencias se dan como merced (premio) o concesión graciosa del Rey, es decir, como compensación a capitales incautados o juros impagados o como premios a favores de personas del entorno de la corte: altos funcionarios, favoritos y capitalistas que financian la política imperial, etc. Por tanto, generalmente, son gratuitas; no suelen implicar el pago de un canon a la Real Hacienda, como en los años anteriores o como ocurrirá posteriormente. A los Cromberger se les concedió el monopolio de la imprenta en América y el primer taller tipográfico se formó en México en 1539.

Con los españoles llegaron a América los primeros libros impresos en el Viejo Continente. Los conquistadores llevaron a América en un primer momento libros de caballería, que eran los libros que en este momento estaban de moda en España, libros como el Amadís de Gaula, las Sergas de Esplandián, etc., los religiosos llevaron libros de teología, moral cristiana o doctrina católica, los juristas, los propios de su oficio. Pero fundamentalmente fueron las obras de ficción y de caballería las que realmente fueron llevadas en gran cantidad, hasta tal punto que la Corona prohibió su exportación ya que según parece, los indios aprendieron rápidamente a leer y se quería evitar que se aficionasen a este tipo de lecturas, consideradas perniciosas.

El libro es un objeto peculiar que acompañó al hombre en la exploración de los mares y la conquista del Nuevo Mundo. Principalmente poseían horas, santorales, breviarios, diurnos, misales, devocionarios, la Biblia y, a lo sumo, algún calendario. Una vez descubierta América,  al ritmo de la llegada y asentamiento de los pobladores europeos, el libro comenzó a abarcar la conquista y colonización cultural de los nuevos confines, convirtiéndose en un instrumento fundamental de mediación entre ambos lados del Atlántico y, particularmente, en uno de los resortes de la occidentalización de los naturales.

Cualquier persona, comerciante o no, que quisiere enviar o llevar mercancías u otros productos a Indias, so pena de confiscación de lo cargado, estaba obligada a presentar en la aduana del puerto una declaración jurada y firmada, o registro, de las cosas a embarcar y su valor, procedimiento de control que, previsto en las Ordenanzas de 1503, puso en marcha la Casa de la Contratación para garantizar el monopolio sevillano y la recaudación fiscal.

Los Reyes Católicos, a pesar de los favores económicos que concedieron a libreros e impresores y del mecenazgo que ejercieron en el campo editorial, nunca dejaron de vigilar los tórculos ni los productos tipográficos en circulación. Al igual que sus sucesores, proscribieron e impidieron la difusión de los libros supersticiosos, próximos a la brujería o de alguna manera, perniciosos a la religión. En concreto, la reina Isabel, guiada de la opinión de clérigos y moralistas, se mostró preocupada por el éxito que estaban alcanzado los relatos de caballerías, un tipo de literatura de ficción cuya lectura consideró inapropiada, nociva, vana, y, lo más importante, peligrosa para su empresa indiana.

En el reinado de Carlos V, la certeza de la afición creciente de a las leyendas de caballería, las historias mentirosas, abrió la puerta a una serie de medidas legales tendentes a cerrarles el paso a Indias. El emperador, en 1531, prohibió enviar “libros de romance de historias vanas y profanas como el Amadís”; más tarde, junto con el príncipe Felipe y en una real cédula de 29 de Septiembre de 1543, argumentó: “porque de llevarse a las Indias libros de romance, que traten de materias profanas y fabulosas y historias fingidas se siguen muchos inconvenientes, y los indios que supieren leer, dándose a ellos, dexarán los libros de sana y buena doctrina y, leyendo los de mentirosas historias aprenderán en ellos malas costumbres y vicios”; y ordenó: “a los Virreyes, Audiencias y Gobernadores, que no los consientan imprimir, vender, tener ni llevar a sus distritos y provean que ningún Español ni Indio los lea”.

Dichos impresos, salvo contadas excepciones, no serían objeto de persecución activa, a lo sumo, las leyes hicieron las veces de apelaciones y recomendaciones de tipo moral y sobre las virtudes civiles y religiosas ideales en los súbditos. Los moralistas de la época recurrían a técnicas de captación extra nacional mediante un abismo de milagros y prodigios piadosos, tratando de adoctrinar, deleitar y conmover; pero, pese a la crítica autorizada, los habitantes de las naos y los conquistadores y pobladores del Nuevo Mundo siguieron aferrados al divertimento que les regalaban los ficticios caballeros andantes.

 

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