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La muerte de un poeta

Los poetas introducen sus voces en nosotros, a veces tan profundo, tan cerca de nuestros pensamientos, que las sentimos como creaciones, como memorias, como ideas propias. En ocasiones, no más lejos que a tiro de recuerdo, la voz del poeta tiene la fuerza llamativa de la imagen, con una capacidad única de adaptación a quien la escucha. En prosaicos términos audiovisuales, el poema no es más que un croma sobre el que queda proyectada la vida del lector.

Más allá de la existencia merecida, la poesía es una gracia. Un don al que los poetas se deben y por el que se convierten en acompañantes de quienes se cruzan en su camino. A ellos les transmiten ese privilegio. Y mientras se acompañan, van ignorando la soledad, descubriendo que el tiempo es sólo una medida y entendiendo un poco más que la vida es cada día menos comprensible. Y juntos hallan, gracias a la poesía, el goce que hay en ello, en ver que lo trascendente y lo eterno, a veces, se puede sostener entre las manos.

Los poetas son parte de las vidas de quienes les acogen, precisamente por el camino compartido. No suelen estar en las noticias ni en los medios. Su aparición sólo se debe a causas muy extraordinarias: un Premio Nobel o, seguramente, la muerte. En ese momento dejan de ser de sus lectores, de sus acompañantes, para pertenecer a la literatura.

 

Imagen | theguardian.com

1 Comentario en La muerte de un poeta

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