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Mírala cara a cara

Mayor pecado tiene el que no defiende lo que sabe que el que habla sin saber. La ciudad eternamente encasillada entre santos y flamencas de “arsa y toma” seseantes y deseosos de siesta, una ciudad de patilla engominada y chaqueta de “mil rayas” con romero en el ojal. Un prototipo andaluz y sevillano por el que los medios de comunicación parecen tener un especial interés en difundir por el resto de nuestra geografía: el devoto inculto que llora tras el paso de su Crucificado un día de Semana Santa, el nazareno de cara descubierta que espera a su hermandad tomando su cerveza en la esquina o la señora setentona en el Real con flor “al biés” que parece pertenecer a una nueva versión de las “Corraleras de Écija” palmeando.

Somos el canon de la siesta, los acérrimos defensores de la “s” y cuya picaresca no tiene nada que envidiar a la del Lazarillo de Tormes. Perseguidores del golpe en el pecho que cada Domingo de Ramos se engalana y que, a excepción de esa Semana Grande, el resto del año olvida lo que profesa. Y es que no hay mayor enemigo para Sevilla que un sevillano. Y Sevilla es así, es Arco y río, Sevilla y Betis, Belmonte y Joselito… Una idiosincrasia incomprendida que vive aquí desde que el mundo es mundo, pero que si no explicamos ni defendemos, somos ese pito tan ignorado del sereno de turno.

Miremos frente a frente, cara a cara, y expliquemos que las sevillanas no vamos de faralaes, si no de flamenca o de gitana; que los trajes no son de motas o puntos, si no de lunares; que la Feria, sea en mayo o en agosto, siempre es de abril; que no desfilamos en Semana Santa, realizamos Estación de Penitencia. Romana, visigoda, árabe y cristiana, Sevilla es algo más que la flamenca y el toro sobre el televisor, que el “mi arma” y el “ojú”. Que esa visión mediatizada de los feriantes eternamente de fiesta que aprovechan el aniversario de la primera “puntada” del hilván de la manga izquierda de la túnica de nuestra imagen para sacarla en fervorosa procesión por las calles. Somos más, mucho más.

Nacida hace más de tres mil años, los Tartessos nos dejaron nuestro “Carambolo”; fuimos Híspalis y cuna de Trajano y Adriano; protagonista mitológica en su fundación por Hércules; reinada por Leovigildo y Recaredo; árabe por cinco siglos, Isbilya vio nacer su Giralda, el Alcázar y la Torre del Oro, y la fisonomía de nuestro casco histórico; la reconversión de las mezquitas en parroquias, el rey Fernando III el Santo; la conversión de la urbe en una “ciudad convento”; la celebración de dos exposiciones universales…

No es cuestión de gustos, ni de estudios, más bien de cultura y respeto por lo que se ignora, el saber que Sevilla y los sevillanos somos algo más que bebedores de gazpacho y expertos en el escaqueo, Tarssis, Ispal, Betis, Híspalis, Guadalquivir, Isbilya, Sevilla “y olé”.

 

Imagen | Manuel Cabral Aguado Bejarano

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