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Navidad sin Navidad

Hubo un tiempo en que la Navidad se celebraba el 25 de diciembre. De hecho, según el calendario sigue siendo ese día. En España la tradición dice que desde el 22, con el sorteo de lotería, ya podemos decir que estamos en Pascuas. Hasta no hace demasiado, era un motivo de reunión y en no pocos casos la única ocasión en el año para el reencuentro familiar.

Ahora la época navideña comienza en otoño, más cerca del verano que del invierno. Antes de Adviento. Apenas han caído las primeras hojas de los árboles, las calles de las ciudades se iluminan y los escaparates rebosan de adornos en gran parte indescifrables. Los más reconocibles suelen tener una motivación estacional, meteorológica: copos de nieve, gotas de agua… La última moda son los mercados navideños: casetas de estética nórdica que abarrotan calles y plazas. Muy apropiados para el sur de España y sus 15 o 20 grados en estas fechas.

Es la época de ser feliz por decreto. El caso es sonreír. Y consumir, comprar. Si puede ser, comprar con una sonrisa. Si no, sólo comprar. Para ello las televisiones emiten decenas de anuncios de perfumes y juguetes a la hora, entre los que intercalan su programación. Los mismos comunicadores que se pasan el año haciendo mofa de la Iglesia y la fe de los demás en esta época celebran la Navidad de una forma más expresiva que cualquier creyente. Los mismos actores enemigos de la globalización, el consumismo y los paraísos fiscales lucen junto a su puño elegantes relojes suizos en anuncios emitidos por emisoras del mundo entero.

Esta nada casual extensión de la Navidad en el tiempo es una reducción, una forma de minimizarla a poco más que una época del año (una estación entre el otoño y el invierno u otra forma de llamar al mes de diciembre). Por mucho que se intente invertir la realidad, la Navidad no es un periodo, ni una excusa, sino un Suceso. Hubo un tiempo en que no hacía falta recordarlo.

 

Imagen | lamparasoliva.com

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