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¿Para qué sirve el socialismo?

El Muro de Berlín | antiwarsongs.org

Decía Marx (Groucho, no Karl) que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Los dos candidatos a dirigir el PSOE, Eduardo Madina y Pedro Sánchez, y el espectador privilegiado que les acompaña en los debates, José Antonio Pérez-Tapias, parecen empeñados en terminar de confirmar que las palabras del cómico neoyorquino son más aplicables al socialismo que a ninguna otra ideología, suma de partidos o de políticos.

Una vez alcanzadas sus tradicionales reivindicaciones sociales, aquellas que propiciaron su nacimiento y auge, la izquierda internacional, sobre todo en Occidente, se debate entre los viejos eslóganes y la representación de un papel concreto dentro de la democracia y la economía de mercado. Sus líderes llevan décadas en busca de banderas que levantar, de causas realmente justas y necesarias que defender. Sin ningún éxito. El socialismo, sobre todo el revolucionario, dejó de ser una opción razonable quizá desde el derrumbamiento –no caída, porque no cayó solo, lo tiraron quienes lo sufrían– del Muro de Berlín, aunque seguramente sería más correcto afirmar que desde su levantamiento. Ninguna forma de ver la vida –en este caso, de ordenar las de los demás–, ninguna ideología, ningún sistema que busca el bien del ser humano, debería verse en la necesidad de levantar una pared infame y vergonzosa para evitar que los ciudadanos que dice proteger huyan en busca de una vida que vivir.

En España, el socialismo, representado principalmente por el PSOE, incapaz de ayudar a mejorar los males de los ciudadanos, inventa cada día soluciones para problemas ficticios. En su perenne apoyo a los nacionalistas, ahora reclama un federalismo para un país que, sin una mención explícita en la Constitución, es más federal que Alemania. En su constante acercamiento a posiciones radicales, propugna una ruptura de las relaciones con la Santa Sede, como si esos acuerdos no los mantuviesen los Estados con una separación más clara de la Iglesia. El nuestro entre ellos, por cierto.

La carrera entre Madina y Sánchez, ambos herederos del zapaterismo, está suponiendo un debate de ideas tan inexistente como aquel congreso de Valencia en el que Rajoy convirtió el PP en la nada que hoy es. Ni ideas, ni principios, sólo un objetivo: ganar las elecciones. También una duda: tratar de hacerlo ocupando parte del espacio electoral del centro o la izquierda de la izquierda. De la prosperidad de España ya se hablará. De su unidad mejor no.

Sin necesidad de recurrir a ejemplos bananeros, el paso de los años, la corrupción como método y el fracaso como resultado demuestran que alcanzar el poder es la única utilidad del socialismo. Sólo requiere reducir la política a sinónimo de propaganda. No mejora poco la vida de muchos, pero sí mucho la vida de pocos.

 

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