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¿Populismo o decadencia?

Rafael Correa, Presidente del Ecuador, y Mariano Rajoy | diariocentinela.com.ec

Para nadie es novedoso que de inicios de año a la fecha los focos de atención han cambiado. A raíz de las elecciones parlamentarias de la Unión Europea, Podemos, Pablo Iglesias como su cabeza visible, la ideología del movimiento y sus integrantes, son los temas en los que se decanta buena parte de la atención de debates y de la coyuntura en general. En efecto, basta con escuchar los análisis y los debates en los que se repasa lo que dice o hace el naciente movimiento político que fue capaz de dar una campanada y hacer escuchar su voz.

Pero aquello que se escucha se enfoca en buena parte a los modos, a las formas, sin buscar una explicación más razonada y ponderada del por qué voces como estas irrumpen en la escena, con total derecho, como es propio de un sistema democrático. Su objetivo, como quedó claro en su reciente convención, es llegar al poder.

Algunas de las visiones que se mencionan en dichos espacios de opinión llegan a un punto en el que, agotado el examen de la coyuntura del momento y una vez trabada la discusión con dos visiones opuestas, empiezan las alusiones personales o las conjeturas –justificadas o no- mediante las cuales se relaciona al naciente movimiento con gobiernos latinoamericanos como el de Maduro, que no merece ninguna admiración o consideración. Ni qué decir del resto de mandatarios de la región, que en silencio cómplice e hipócrita, consienten los abusos y excesos que bien son conocidos, con el pretexto de la lucha contra conspiraciones para derrocarlo y otras excusas traídas de los cabellos, propios de los delirios del poder.

Volviendo al tema en cuestión, aunque suene ilógico o contradictorio, también el resto de partidos –en especial PP y PSOE, identificados despectivamente como “casta”– deberían mirar con más detenimiento precisamente a América Latina para entender algunos factores que, de momento y por lo visto, no han sido comprendidos, o que su real dimensión no ha sido examinada con la seriedad que se requiere.

La desconexión de los partidos políticos con las necesidades de la gente, el resguardo de sus propios intereses sin tener conciencia de la responsabilidad que tienen en una sociedad –representar a sectores de la población que se sientan afines a sus proyectos y su orientación, así como generar opinión argumentada y debate, por citar un par de ellas–, el aparecimiento de escandalosos actos de corrupción, fueron algunos de los fenómenos que antecedieron al descalabro de las anteriores estructuras partidistas en Latinoamérica, cuyo hastío sobrevino al ascenso de los actuales mandatarios, aunque sus gestiones no difieran con las degeneraciones mencionadas anteriormente. La sociedad en su conjunto dejó de sentirse representada, demandó alternativas, buscó caras e ideas nuevas. He ahí el origen de la ruptura y el aparecimiento de otros actores.

Juan Carlos Monedero en Venezuela | elmunicipio.es

Juan Carlos Monedero en Venezuela | elmunicipio.es

A más de ser los outsiders del momento, buena parte de los actuales mandatarios latinoamericanos que responden a la tendencia denominada “socialista del siglo XXI” llegaron al poder con un voto de rechazo a lo que constituía en su momento la llamada “partitocracia” de cada uno de sus países. Pero esto, al parecer, no es siquiera advertido, en especial por el PP y el PSOE, como principales agrupaciones. No es raro escuchar en las tertulias o en las sesiones de control de los miércoles en el Congreso los dimes y diretes de ambas agrupaciones. En ocasiones, se vuelve incesante eso de “lanzarse la pelotita” respecto a la situación del país, los recortes, la crisis –si unos la heredaron u otros la provocaron.

Si en realidad el resto del espectro político español, con las principales fuerzas a la cabeza, se preocupa con las ideas de movimientos como Podemos –que genera temores fundados en que de ser aplicadas sus propuestas, tendrían dudosa legalidad, escaso carácter democrático y manifiesto posicionamiento de un Estado clientelar y paternalista–, antes que atacar, lo que se requiere es que aquellas agrupaciones se ocupen casa adentro de generar ideas frescas, figuras renovadas que permitan dar una nueva cara a la discusión y un combate sin cuartel a la corrupción.

No basta que de labios para afuera se diga que sí hay ideas y procesos de cambio, que se hace esa labor y que se toman medidas concretas en ese sentido, porque el creciente descontento con sus actuaciones demuestran todo lo contrario. Prueba de ello es el ascenso de Podemos en encuestas publicadas por los principales diarios del país que las situarían como tercera, segunda, e incluso, primera fuerza política en España.

Depende de los mismos partidos, del resto de actores que intervienen en la representación política de la sociedad española, que estén a la altura de las circunstancias y sean capaces de responder con fundamentos, ideas y planes objetivos y concretos a un potencial programa de gobierno, que por muchas buenas intenciones que pueda tener, genera más reservas y dudas que certezas. Es ese el ejercicio a realizarse, antes que repetir el cliché del populismo.

IVL

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