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Primero Rosa Parks

Como cada día, tras finalizar su jornada laboral, Rosa Parks, una mujer afroamericana de cuarenta y dos años que trabaja de dependienta, sube al autobús tricolor de la compañía municipal en su camino de regreso a casa. Como cada día, antes de poner el primer pie en el vehículo, Rosa ya sabe dónde tiene que sentarse. Ha de hacerlo, sin pensar, como una autómata, en la zona delantera, la asignada a los usuarios negros.

Cuando en la siguiente parada entran varios pasajeros blancos, como cada día, siguiendo las costumbres locales, el conductor grita que los ocupantes de la “sección de color” se desplacen hacia la parte trasera del autobús para así crear más espacio del que puedan disponer los usuarios caucásicos. Como cada día, todos los pasajeros afroamericanos obedecen. Todos menos uno: Rosa Parks, que permanece en su asiento.

Siempre que un hecho similar tenía lugar en Montgomery o en cualquier lugar del sur de Estados Unidos, el arresto, el juicio y, cuanto menos, la multa eran consecuencias seguras. Rosa Parks no recibió un trato diferente, no fue ninguna excepción para las autoridades locales. Sin embargo, ese día sí ocurrió algo fuera de lo habitual. La comodidad de unos y el miedo de otros no consiguieron esconder el incidente, y éste, a pesar de muchos, nunca pasó al olvido.

No lo hizo gracias a un entonces desconocido pastor baptista. Un joven afroamericano de veintiséis años, lleno de vida y con una capacidad retórica fuera de lo común, que asumió como propio el “caso Rosa Parks”. Su nombre era Martin Luther King y ahí empezó todo. Aquella tarde de invierno, en la sureña ciudad de Montgomery. Desde entonces, para muchos, la vida empezó a dejar de ser como cada día.

 

Imagen | AP

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