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San Juan Pablo II, el Papa de mi generación

Cuando Juan Pablo II falleció en la noche del 2 de abril de 2005, nadie dudaba que algún día lo evidente se haría formal y que el adjetivo “San” supondría poco menos que una redundancia junto a un nombre que por sí solo expresa la santidad de un hombre que acababa de pasar de la Tierra al Cielo, a “la casa del Padre” como él mismo dijo en sus últimas palabras.

Sin menospreciar a Juan XXIII, a San Juan XXIII, San Juan Pablo II fue el Papa de mi generación y seguramente de mi vida. Aunque quizá sea más exacto decir que mi generación fue la suya. Nos contamos por millones los católicos que, junto a nuestros abuelos y al propio Jesucristo, le identificamos como referente necesario de nuestra fe. Volver a ver su sonrisa o escuchar su palabra es de alguna manera regresar a la infancia, a ser el niño que comienza a conocer sin entender, y nunca llegar a hacerlo, el misterio de un don.

Sin duda, Karol Wojtyla fue el Papa de los jóvenes, pero también el de todo el catolicismo, seguramente más que ninguno de los pontífices que le precedieron en el lugar de Pedro. El Papa mediático. El Papa viajero. Recorrió el mundo en más de cien viajes y en la travesía más importante de su vida llevó a la Iglesia al siglo XXI. Lo hizo cercano, sonriente y firme en la defensa de la familia y de la fe que, en palabras de Benedicto XVI, no lo es en absoluto si nosotros la podemos determinar. Polaco, conoció y combatió el totalitarismo hasta ser protagonista en la caída del muro de Berlín y defendió la Libertad con mayúsculas, la que trasciende impuestos y fronteras, aquélla tan básica de poder madrugar para buscar una vida mejor en lugar de para evitar la muerte.

San Juan Pablo II fue, más allá de encíclicas y viajes, ejemplo. Un Evangelio vivo cuyo testimonio, inseparable de su vida y de su recuerdo, consistió por encima de todo en la alegría en el abrazo a la cruz. Una cruz que no era su misión, sino su cuerpo, una cruz irrenunciable. Consciente de ello, ése fue su legado y su gracia: la sonrisa en el dolor. No frente a él, sino en él. Cuando todo duele, una sonrisa cura. La de San Juan Pablo II salva.

 

Imagen | andina.com.pe

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