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Septiembre: el cambio invariable

Septiembre es enero en la práctica. Si la forma estereotípica de estrenar el primer mes del año es la fiesta y la alegría no precisamente natural, la llegada del noveno trae consigo el estrés y los síndromes, todos esos nuevos –postmodernos diría el cursi– lamentos y excusas a los que el progreso nos ha malacostumbrado. Si enero es tiempo de buenos propósitos, septiembre es la época de los cursos de inglés, de los gimnasios repletos y de las dietas fugaces. Si enero tiene cuesta, septiembre está inclinado. Si en enero se cambia el calendario, en septiembre, de curso, quizá de lugar de residencia y, quien puede, de armario.

En septiembre puede mutar una vida, quizá muchas vidas, pero la experiencia dice que no se va a modificar el mundo. Al fin y al cabo, ser el mes del cambio le da un papel perenne en la constante sucesión de acontecimientos. Igual que en diciembre hace frío y se celebra la Navidad, en septiembre los días se acortan y los horarios, para quien puede, ocupan lo que en agosto estaba vacío. Cada año igual, de forma invariable. Acaba el verano, pero ahí fuera siguen pasando las mismas cosas, aunque dejen de ser noticia.

Quizá cambiar en septiembre sea tan solo la constatación de la invariabilidad del mundo. La garantía del mantenimiento de un status quo que va mucho más allá de nombres y apellidos, de siglas y eslóganes. Algo que no tendría por qué ser necesariamente negativo. Pero el cambio cuando toca no es cambio, es guión.

Dijo León Tolstói que «todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo». También dijo el ruso, «no hagáis el mal y no existirá». Que seguramente el cambio del mundo empieza por nosotros mismos se aprecia de forma especial en tiempos como los actuales, en los que la revolución que algunos proponen no es mejor que el penoso presente que otros ofrecen. Como septiembre, el cambio para seguir igual.

 

Imagen | tlzd.net

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