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Un acercamiento a la brujería en España (siglos XV-XVII)

La cuestión de la brujería es un tema que siempre ha suscitado un gran interés por parte de los historiadores. En una época como la Moderna donde el compromiso con la religión comienza desde la más temprana edad, llama la atención la existencia de un complejo sistema de creencias basadas, en gran medida, en reminiscencias del paganismo así como en su simbiosis con la religión oficial, en este caso, el catolicismo.

El resultado fue la puesta en práctica de determinados procedimientos en los que intervenía la medicina natural, los conjuros y el uso de objetos, todo ello con una finalidad que podía ser benéfica o maléfica, según la intención de aquel que lo llevara a cabo. Estas prácticas fueron perseguidas con mayor o menor intensidad según la etapa en la que nos fijemos, dándose periodos que han sido calificados como “caza de brujas”, donde la Inquisición de una determinada región intervenía de forma inmediata y se llevaban a cabo ejecuciones públicas, a otros momentos en los que se observa un silencio o cierta incredulidad por parte de los propios inquisidores en lo referente a la brujería y su influencia.

Hay que señalar que la Inquisición en España nunca prestó una atención excesiva a los brotes de brujería que se dieron de forma puntual a lo largo de los siglos XVI y XVII, fundamentalmente. Esto contrasta con las actuaciones de los inquisidores en otras regiones europeas, como es el caso de ciertas áreas alemanas; de hecho, a pesar de la imagen negativa que se tiene de la Inquisición española como perseguidora y ejecutora de todo aquel considerado como heterodoxo, las investigaciones más actuales demuestran que en el caso de la brujería casi siempre optó por el silencio o la cautela.

No obstante, en ocasiones se vio obligada a actuar debido fundamentalmente a que estas prácticas se extendían entre los propios clérigos, sobre todo entre aquellos que vivían en el mundo rural. Si bien normalmente eran apercibidos o sancionados de forma física o pecuniaria, aunque no con excesiva rigurosidad.

A pesar de todo esto, se publicaron toda una serie de tratados y obras de otra clase donde se explicaba la brujería, sus prácticas, su influencia y la forma de combatirla. Destacan, por ejemplo, el famoso Malleus Maleficarum de los inquisidores Kramer y Spreger, la Reprobación de las supersticiones y hechicerías de Pedro Ciruelo, Disquisitionum magicarum libri sex de Martín del Río, De superstitionibus de Martín de Andosilla, Quaestio de strigibus de Bartolomeo della Spina, De incantationibus de Pomponazzi o el Tratado de las supersticiones de fray Martín de Castañega.

Por otro lado, circulaban igualmente obras de carácter supersticioso con contenido relativo a la astrología, la forma de intervenir en la naturaleza (provocar sequías, lluvias torrenciales, tormentas…), cálculos cabalísticos, etc.; a modo de ejemplo podríamos nombrar la Clavícula de Salomón, el Liber Secretorum Alberti Magni de virtutibus herbarum, lapidum et animalium quorumdam, el Liber aggregationis o el De secretis mulierum entre otros.

Todas estas obras estaban ampliamente difundidas y se utilizaban para los más diversos fines. Muchos de ellos podían utilizarse con la intención de obtener un beneficio para sí o para otra persona, modalidad que era aceptada y no perseguida y que podría calificarse de “magia blanca”. Sin embargo, podían también utilizarse para fines dañinos, que buscaban perjudicar o acabar con la vida de alguien por las más diversas razones, ésta era la conocida como magia negra y fue perseguida porque su práctica implicaba un pacto con el Diablo, que podía ser de forma explícita o implícita y que incluía una serie de prácticas que pasaban por la antropofagia infantil, las misas negras o los aquelarres también llamados sabbat.

La magia negra, que incluía igualmente la burla a los sacramentos, a la Virgen y los santos, era una desviación que debía ser combatida y eliminada, es por ello que los tratados contra la brujería se referían, obviamente, a la práctica de la magia negra, pues no sólo se trataba de un delito de lesa magestad divina (ya de por sí muy grave), sino que se incurría en herejía y práctica de maleficios.

La presencia y constante actividad del demonio en la vida cotidiana era algo comúnmente aceptado. Éste buscaba siempre la perdición de las almas y para ello se servía tanto de los demonios menores como de aquellas personas que le habían entregado su alma a cambio de una serie de beneficios, como la capacidad de alterar la naturaleza a su antojo (cambios meteorológicos, capacidad de enfermar el ganado) o la posibilidad de hacer daño a aquellas personas que quisiere; una vez que se sometía al demonio éste disponía de la persona hasta el final de su vida.

En la mayoría de las ocasiones, los tratadistas se mostraron escépticos con muchas de las cuestiones atribuidas a los practicantes de la brujería, negando que fueran capaces de alterar la meteorología o que tuvieran la capacidad de volar. Como se ha indicado, la Inquisición veía a las brujas más como mujeres (u hombres) a las que la soledad había hecho mella o directamente como personas con alteraciones mentales, siendo la razón de su tibia respuesta en muchas ocasiones.

La brujería tiene una relación especial con la medicina natural, pues de las plantas se extraían los ingredientes para la elaboración de las pociones e ungüentos que eran usados por los brujos, no obstante se observa una influencia bastante considerable de las creencias y costumbres que nos remontan al paganismo, por lo que al acercarnos al tema de la brujería podemos comprobar que en la sociedad no estaba tan extendida y asumida la religión en todas sus doctrinas y prácticas, ya que seguían dándole crédito a determinados rituales y costumbres, demostrándonos que dichas prácticas continuaban muy arraigadas en la vida cotidiana.

Como ya se ha indicado más arriba, es en los siglos XVI y XVII cuando el fenómeno de la brujería alcanzó sus mayores cotas de protagonismo, especialmente en la Europa del norte; para el siglo XVIII, según los investigadores, esta cuestión no formaba parte de las preocupaciones ni del pueblo ni del Estado, algo que quizá podríamos atribuir a que el miedo a las brujas y su influencia ha remitido debido, al menos en el caso español, a la labor de contención de la Inquisición con respecto a este tema, consciente de que magnificar el tema de las brujas no haría sino aumentar la histeria entre el pueblo, inclinándose por la discreción.

 

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