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Un modesto homenaje a Tolkien

Imagen | theguardian.com

Probablemente, muchos conocen a J.R.R. Tolkien por las adaptaciones cinematográficas que de su obra más extensa (El Señor de los Anillos) se ha hecho; otras creaciones literarias suyas, en cambio, no han gozado de reconocimiento por parte del gran público, pero no por ello su valor es menor. En estas líneas me propongo, modestamente, destacar dicho valor pues las superproducciones de Hollywood amenazan con eclipsarlo, y eso es algo que el creador de la Tierra Media, y de tantas historias, cuentos, personajes y relatos, no merece.

El género fantástico, que él eligió para expresar toda su creatividad, alcanzó con él un nivel rayano en la perfección, algo que no han podido igualar otros escritores del género. No obstante, su máximo valor no reside en la gran imaginación de la que siempre hizo gala, sino que en sus historias hasta el más mínimo detalle expresa una emoción, unos valores y una sensibilidad muy personales.

En toda su obra, cada personaje representa una virtud, una actitud o un defecto, tratados con humanidad y desde una óptica positiva, y todo ello en una producción que en su mayoría se desarrolla en un mundo imaginado a lo largo de los siglos que se suceden en él. La suya es una obra erudita, reflexionada, densa pero a la vez con ritmo, donde sin arrogancia da cauce a su profundo conocimiento del lenguaje (no en vano era filólogo). Gran amante de la literatura medieval, de las sagas nórdicas y de los relatos, su producción literaria rinde homenaje y a la vez es deudora de ellas.

El autor, nacido en la sudafricana Bloemfontein, tuvo una infancia complicada, y en su juventud y madurez se vio obligado a participar en las dos guerras mundiales, algo que no sólo se ve reflejado en sus escritos sino que fue fundamental para la elaboración de su imaginario; el escritor e investigador John Garth asegura, tras estudiar durante meses sus cartas y escritos varios durante la Primera Guerra Mundial, que de no ser por esta experiencia Tolkien no hubiera pasado de ser un profesor en Oxford y un erudito, pero nada más (y nada menos). Vivió siempre con escasos recursos, no siendo hasta la senectud cuando alcanzó cierto desahogo económico, fruto del éxito editorial de “El Hobbit” y del conocimiento que de sus otras obras se estaba llevando a cabo.

The Lord of the RingsLa historia y las historias de la Tierra Media son lo que podría considerarse su “buque insignia”, desde la brumosa creación de ese mundo y los primeros sucesos que tienen lugar allí en El Simarillion (que empezó a escribir con 14 años y a su muerte no había concluido) hasta la última de las guerras que tienen lugar en ese mundo relatada en El Señor de los Anillos, pasando por las historias que corren paralelas a todos estos acontecimientos en los Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media.

En todo este corpus literario subyace la eterna lucha entre el Bien y el Mal, un combate encarnado en unos personajes que nunca son irrelevantes o accesorios, todos representan las virtudes, valores, defectos o actitudes propios de lo que hoy conocemos como naturaleza humana. Y éste es precisamente uno de sus principales atractivos.

Su obra no se circunscribe exclusivamente a la Tierra Media, pues también trabajó en la recuperación y edición de sagas y poemas medievales como La leyenda de Sigurd y Gudrún o La Caída de Arturo, ambas de reciente publicación en español, lo que confirma que sus intereses trascendían del mero género fantástico; además de todo esto, escribió también pequeños relatos como Hoja de Niggle, Roverandom o El herrero de Wotton Mayor.

Su profundo conocimiento de la lengua y sus mecanismos le hizo estudiar diferentes idiomas (llegando a dominar más de una docena) y le empujó a embarcarse en la creación de unos nuevos, algunos de ellos incompletos y otros, en cambio, con todas las reglas gramaticales y de sintaxis (como es el caso del “Quenya”), cada uno de ellos fueron pertinentemente asignados a cada grupo de seres que componen sus historias.

Se ha escrito que la intención de Tolkien era “crear una mitología para Inglaterra”, y probablemente fuera ésta su intención más profunda, pues el resultado es una obra muy extensa en donde efectivamente la carga mitológica es fundamental, inspiradora de la forma y el fondo, así como armazón de la misma.

Estas historias no son únicamente de temática bélica, sino que también tienen cabida historias de amor, de valentía y coraje, de superación de dificultades y de lo que es realmente importante: del valor de la familia y de la amistad, del poder de los lazos sentimentales que nos unen; en definitiva, de la naturaleza humana, sus virtudes y bajezas, su capacidad de amar y odiar y de cuál puede ser el premio o castigo por nuestros actos.

Por último pero no menos importante, es necesario señalar la carga religiosa que se advierte en sus obras. En El Simarillion, por ejemplo, asistimos a la creación de Beleriand (antecedente de la Tierra Media), inspirada por un solo creador, Ilúvatar, llamado el Único. Esta creación se hace a partir de lo que Tolkien consideraba lo más hermoso creado por el hombre, la música, y el Único es ayudado en su empeño por unos seres creados por él mismo (los Ainur); cada uno de ellos moldea esta nueva tierra con sus cantos y melodías. No obstante, hay uno de ellos que, cegado por su vanidad, acaba creyéndose superior al resto y rompiendo la sintonía entona unos cantos que trastornan y oscurecen los de los otros. Su arrogancia será su perdición, pues finalmente se marcha de la presencia de Ilúvatar y se abandona al Mal.

Para hacer justicia al estilo del escritor, he aquí un breve fragmento:

Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio.

Entonces les dijo Ilúvatar: -Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al final la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.

SilmarillionComo el lector ya habrá podido advertir, todo esto guarda una indiscutible semejanza con la Creación relatada en el Génesis, así como la perdición de uno de los seres más cercanos a Dios que tentado por el Mal, abandona la presencia del Único, representando al Ángel Caído, al Demonio.

También en El Simarillion, más adelante, asistimos a la expulsión de ese “Paraíso” (llamado Valinor por Tolkien) de los seres predilectos; en esta tierra incólume vivían felices y en paz, hasta que alentados por el Traidor y por su orgullo decidirán abandonar esa tierra. A la marcha de ellos más allá del mar seguirá su posterior arrepentimiento, pero el regreso a Valinor les será negado en principio, y sólo podrán regresar una vez que les llegase su hora, tras un largo peregrinar por la Tierra Media. En El Señor de los Anillos, este regreso se lleva a cabo cruzando el Gran Mar (una clara referencia a la Muerte), pues Valinor ha sido sacada de la Tierra tras la última derrota del Mal y la definitiva expulsión del Ángel Caído a la Oscuridad.

El lugarteniente del Traidor, no obstante, sobrevivió, y la lucha por destruir los últimos rescoldos del Mal es el tema de fondo de El Señor de los Anillos. Finalmente este Mal es derrotado, su poder ha sido destruido tras incontables actos de perseverancia, de superación de innumerables dificultades, la puesta a prueba de los lazos que unen a las buenas personas y por la búsqueda constante del bien común sin pensar en lo que puede acarrear a uno mismo. ¿No es todo esto esencialmente cristiano?

Además de estas referencias, en la obra de Tolkien existen muchas más que ponen de relevancia los marcados aspectos religiosos que tiene. No obstante, su valor también reside en que la mayoría de estas referencias son sutiles, no impuestas al lector, evitando que su obra se convirtiese en una obra doctrinal, pues nunca fue ésa su intención.

En definitiva, la obra de Tolkien trasciende más allá de ser únicamente de un género u otro, una obra profunda y genial, pensada y repensada, con multitud de sutilezas al alcance del lector, elegante y culta, una obra que, por todo lo dicho y por mucho más, es indiscutiblemente imprescindible.

 

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