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Viva la revolución, “mi arma”

Hay un lugar en el Real de la Feria de Sevilla en el que en vez de sevillanas suena La Internacional. O La Internacional al ritmo de sevillanas. Es la caseta del PCE de Sevilla, también conocida por “La Pcera”.

En este lugar, cubren el techo con cientos de banderolas y farolillos con la bandera tricolor republicana y el famoso símbolo que representa uno de los regímenes más genocidas y totalitarios de la historia: la hoz y el martillo. Lo que podría ser una caseta pública común y usual, se convierte en un aduladero de una ideología que ha matado a millones de personas en el mundo, adornado con retratos de aquellos “líderes revolucionarios” referentes de tantísimas personas que, aún a día de hoy, no caben entre esas tres paredes, por desgracia. Imágenes del Che Guevara o Dolores Ibárruri presiden lo que debería de ser más bien un gulag.

Y quiero recordar otra vez que es pública, que este despreciable espectáculo lo pagamos entre todos y cada uno de nosotros. Eso sí, en la línea de su doble moral, no me quiero ni imaginar qué habría sucedido en caso de que a una caseta pública se le hubiera ocurrido colgar un solo farolillo con la esvástica nazi, o simplemente una bandera con el pollo. Decenas de histéricas habrían movido cielo y tierra para ilegalizar dicha barbaridad. Cómo podemos permitir que el fascismo pueda estar manifestado en un farolillo en una caseta y pagado con el dinero de los ciudadanos. Cómo. Porque el comunismo ha matado incluso más que el fascismo, claro, pero cada una de esas muertes han sido por, para, y en beneficio de una buena causa: la revolución. Y ahí el fin sí justifica los medios.

Me pregunto a cuántas personas asesinadas equivaldrá cada farolillo comunista. O en nombre de cuántos asesinos se brindará cada noche entre camaradas y langostinos al coro de “Viva la revolución, mi arma. El jolgorio por defender ideas genocidas, la alegría por que sigan vivas. En Pascual Márquez 9. Donde se grita, en nombre de los cien millones de muertos por los distintos regímenes comunistas, “¡Que siga la fiesta!”.

 

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